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lunes, setiembre 06, 2010

"Faltaba la imagen del desaparecido"

Reproduzco una muy buena nota y entrevista a los iniciadores de El Siluetazo aparecido hoy en Página 12 a propósito de la acción que sacará miles de siluetas a las calles este 16 de setiembre, a 34 años de La Noche de los Lápices --una serie de secuestros a estudiantes argentinos como parte de la acciones represivas de la dictadura militar argentina-- para reclamar espacios de la memoria. El gesto es decisivo, precisamente por la forma en que las demandas de una geografía viva de la memoria emergen desde la sociedad civil y a través de la puesta del cuerpo en el espacio.

Al ver la nota es imposible no pensar en el aciago horizonte local que nos envuelve. Las comprensibles dudas que existen hoy en torno a la dimensión crítica, política y democráticaoa que podrá tener ese espacio llamado Lugar de la Memoria --ya sin Salomon Lerner, ex-presidente de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, quien renunció algunos meses atrás-- luego que el Estado rechazara una inversión extranjera para construirlo y que ahora fuera tomado, en gran medida, por la derecha conservadora. Pero más aún en medio del infame panorama que acaba de abrirse en el país en los últimos días frente a los intentos flagrantes del Estado de otorgar amnistías a personas que atentaron contra los Derechos Humanos durante los años del conflicto (ver imagen la carátula de hace algunos días de la diario La República a la derecha, anunciando la posible salida de los involucrados en paramilitar Grupo Colina formado durante la dictadura de Fujimori; sobre ello colgaré otros post inmediatos).

Reproduzco ahora el artículo de Página 12.
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DIALOGO CON LOS ARTISTAS QUE PLANIFICARON EL PRIMER SILUETAZO
“Faltaba la imagen del desaparecido”

Julio Flores, Guillermo Kexel y Fernando Czarny recuerdan la experiencia de 1983. A 34 años de La Noche de los Lápices, el jueves 16 miles de siluetas de papel unirán El Pozo de Quilmes y El Pozo de Banfield para pedir que sean señalizados como espacios para la memoria.

Por Adrián Pérez
El 31 de enero de 1981, Julio Cortázar se refirió a la desaparición forzada de personas, durante un discurso pronunciado en el Coloquio de París, como “la prolongación abominable de ese estado de cosas (...) que multiplica al infinito un panorama cotidiano lleno de siluetas crepusculares que nadie tiene la fuerza de sepultar definitivamente”. A 34 años de La Noche de los Lápices, miles de siluetas de papel recorrerán los kilómetros que separan El Pozo de Quilmes y El Pozo de Banfield, centros clandestinos de detención por donde pasaron los estudiantes que luchaban por el boleto estudiantil, secuestrados y desaparecidos en 1976. Será el 16 de septiembre, para reclamarle al Estado provincial que esos sitios sean preservados como espacios para la memoria. Siluetazo es, precisamente, el nombre de la actividad que Hijos Zona Sur organiza en el conurbano bonaerense.

Página/12 reunió a Julio Flores y Guillermo Kexel, quienes, junto a Rodolfo Aguerreberry –fallecido en 1997–, planificaron el primer Siluetazo en 1983 para plasmar la presencia del cuerpo que no está; la ausencia que remite a los desaparecidos durante la última dictadura. Fernando Czarny asistió a esa primera experiencia y también dio su testimonio.

Aunque había sido pensado para presentarlo en una muestra que se realizaría en el Centro Cultural Recoleta, el Siluetazo fue propuesto, finalmente, a las Madres de Plaza de Mayo, días antes de la tercera Marcha de la Resistencia. La representación de la ausencia y el dimensionamiento de 30 mil cuerpos humanos fueron los temas que surgieron en el debate colectivo. Bajo ese concepto, el grupo de artistas plásticos llevó el proyecto adelante, sistematizado a partir del trabajo de Aguerreberry con las plantillas. Flores describe el proceso que desembarcó el 21 de septiembre de 1983 en Plaza de Mayo: “El trabajo nació en tres personas, se derramó al grupo organizador y desbordó en la manifestación”. Las siluetas aparecieron pegadas, al día siguiente, en el interior del país; también en Floresta, Mataderos, Villa Devoto, San Telmo, Belgrano y Núñez. “Tiempo después, la idea, la metodología y las herramientas con las que se trabajaron fueron socializadas por otros actores que lo llevaron a la práctica –admite Flores, decano del Departamento de Artes Visuales del IUNA, que performa un concepto diferente de espectador–. El manifestante se transformó en hacedor.”

–¿Qué recuerdan del primer Siluetazo en Plaza de Mayo?
G.K.: –Sobre todo, recuerdo que teníamos miedo a que no prendiera la idea y nos quedáramos con las siluetas hechas un rollito; miedo de llegar con la camioneta, los materiales y descargar en la plaza (en 1982, la segunda Marcha de la Resistencia había sido bloqueada con la caballería y la guardia de infantería de la Policía Federal para impedir que los manifestantes y las Madres ingresaran a la plaza). Llegamos a las dos de la tarde, bajamos la primera bobina de papel y vimos que la camioneta se alejaba por Diagonal Norte. Como ninguno de nosotros había caído preso, nos relajamos. Luego, dispusimos las bobinas cerca de las puertas de la Catedral. Del otro lado de la plaza, sobre Hipólito Yrigoyen, los cumpas del Rodo, de Intransigencia y Movilización Peronista habían estacionado un colectivo desde donde descargaron siluetas que llevaron terminadas. En cuestión de minutos, la gente comenzó a tomar las herramientas y fuimos siendo reemplazados hasta que nos vimos paraditos en un cantero. Fue cuando el Rodo dijo: “Muchachos, acá no hacemos falta”.

F.C.: –Recuerdo haber parado a un cana que se abalanzaba contra una madre. Sin ser del grupo, me puse a organizar la autogestión. El miedo que menciona Guillermo llegó a la noche, cuando armamos los listados de la gente que salía a hacer pegatinas en los barrios. Finalmente, la sensación que me quedó fue de absoluta algarabía. Una cosa es marchar y participar y otra cosa es construir. Definitivamente, la propuesta de ellos tres fue que la gente construyera. En el Siluetazo del ’83 la cosa fue más libertaria porque se acercaba la democracia.

J.F.: –Llegué cuando estaba todo armado y me metí a dibujar a mano alzada. Por todo el microcentro, por las diagonales, hacia San Telmo o Plaza de Mayo: todo estaba cubierto de siluetas. Esa idea de totalidad fue, objetivamente, lo que se llamó la Silueteada o el Siluetazo.
Flores recuerda a un hombre que le pidió que dibujara a su hijo. “Cuando terminé el dibujo, el hombre tomó el papel y me preguntó cuánto costaba. Le expliqué que no tenía valor económico, que lo había hecho en el marco de una manifestación política.” El hombre le contó que nunca iba a las manifestaciones, pero que ésa tenía algo especial. “Acá están haciendo a mi hijo”, dijo, y se perdió entre la multitud. Luego, tres nenas se arrimaron para pedirle que dibujara a sus primitos. Flores les preguntó cómo eran. “Cuando se los llevaron eran como nosotras”, contestaron. Una de ellas se acostó en el piso y modeló para la silueta. “Esta idea de que con mi cuerpo ocupo el lugar del desaparecido, del militante, con una acción que también es militante, y esa transposición que construye un símbolo porque falta lo representado fue lo más impresionante que viví en la plaza”, destaca Flores.

–Originalmente, las siluetas iban a estar vacías, pero, durante la marcha, los manifestantes comenzaron a escribir nombres de desaparecidos.
G.K.: –Cuando les llevamos la propuesta, que creíamos totalmente depurada, las Madres tacharon detalles de ropa y pelo. Se negaron a que aparecieran los nombres o que las siluetas estuvieran en el piso, porque eso significaba muerte. Tampoco podían llevar consignas partidarias. Son los manifestantes quienes rompen esas consignas. Entonces, las Madres pidieron que, si se escribían los nombres, debían estar todos. Una persona de confianza fue hasta la sede de Madres a buscar listas con nombres que se tildaron uno por uno. “El loco de los corazones” fue un personaje que apareció de la nada con pintura y un corazón recortado. Donde veía una silueta en producción iba y le pintaba un corazón.


¿Y cómo recibió el mundo del arte esa propuesta estética?
G.K.: –Mi insistencia con el cuestionamiento y el debate de si esto es o no es arte pasa por si los que lo definen están dispuestos a aceptar a las miles de personas que participaron. Pero la crítica nunca los consideró. Pasaron los años y, salvo contadísimas excepciones, se hicieron los desentendidos.

J.F.: –No es la ubicación en el espacio o el circuito de arte lo que otorga identidad, sino el valor de producción simbólica que visualiza una idea que, hasta entonces, era una palabra sin imagen. Faltaba la imagen del desaparecido. Esta realización tiene que ser codificada como una herramienta en el campo de lucha, que genera un principio estético, en ese campo, a posteriori. Rodolfo Aguerreberry sostenía que iba a llegar el tiempo en el que cada uno sería artista en tanto produjese proyectos para que los otros, al ejecutarlos, se convirtieran en artistas.

–La actividad de Plaza de Mayo representó un hecho político, pero ¿supuso también una resignificación del espacio público en tanto manifestación estética?
G.K.: –Si damos por ciertos todos los precedentes de la confrontación con la dictadura, en esa puja por tomar la calle como herramienta de lucha, en ese sentido, la Silueteada implica media vuelta de tuerca más. Sólo que nosotros salimos a la calle con los desaparecidos. De algún modo, las siluetas empapelando el frente de la Catedral, el Cabildo o las oficinas de la municipalidad significaban una manifestación callejera extendida. La apropiación del espacio público fue utilizada desde siempre como herramienta de lucha. Lo que ocurrió con el Siluetazo fue un agregado estético, simbólico y ritual que, confrontando con un poder fuertemente armado, tomó la calle.

J.F.: –En la toma del espacio público, las siluetas no estuvieron puestas en un espacio aséptico, donde la pared es blanca o gris, sino que dialoga con la arquitectura de la ciudad. Diálogo que las hace aparecer fantasmales, con una pregnancia muy intensa que duele y lastima. Aparecían de un modo tan irritante que durante la manifestación, desde un auto sin identificación, bajaron a arrancarlas creyendo que las siluetas los estaban mirando. Por otro lado, la manifestación asumió el total de las funciones que se tienen en el circuito de arte. Prescindiendo de la galería o el museo, actuó en el espacio público. Eso fue lo que le dio potencia. Por eso, no queremos que el trabajo vaya fraccionado a un museo o una galería. Eso hace que los demás sientan que pueden usarlo tantas veces como sea necesario.

F.C.: –Cuando se organizó el Siluetazo en Plaza de Mayo quedé alucinado del poder que me generaron las siluetas. Te daba una vitalidad tremenda, sentía como si hubiera tomado vitaminas (risas). Sentíamos que estábamos destruyendo la dictadura.

jueves, julio 15, 2010

Conferencia y taller de Ana Longoni en Lima

Con algunos días de tardanza anuncio la convocatoria para el taller que la historiadora argentina Ana Longoni va a dar en el Centro Cultural de España de Lima en un par de semanas. Es de celebrar que el trabajo de Longoni finalmente pueda presentarse de forma directa en Perú, no solo porque su reflexión crítica y teórica aborda algunos de los eslabones más significativos e intensos de la producción crítica latinoamericana entre las décadas de los años 60 y el presente (el Perú incluido), sino además porque Longoni tiene una relación muy próxima con el Perú al haber vivido aquí entre fines de lo 70 e inicios de los 80, transiciones delicadas en lo político y en lo estético al cual ella misma no fue ajena a través de su vinculación con cierta escena poética, plástica y musical emergente.
Recuerdo que mi primera vinculación con su trabajo fue en los primeros años de esta década a través de unos ejemplares fotocopiados de su libro De los poetas malditos al video-clip (1998) que entre algunos amigos circulamos en la Universidad Católica (luego presté mis copias, fotocopias de fotocopias, y ya nunca las he vuelto a ver), y poco después de ello creo recordar el interés soterrado en su libro Del Di Tella a Tucumán Arde, ciertamente difícil de conseguir (se encuentra en la biblioteca de la U. Católica, no obstante) y acaso restringido a algunos pocos interesados en repensar las vanguardias políticas continentales. Pero además de ello en Lima ha sido casi imposible poder conseguir sus otros libros: alguna vez que me tope sorpresivamente con el libro Revolución en el arte en la librería Ibero en Miraflores, y un par de años después con un ejemplar de El Siluetazo en la librería El Virrey de San Isidro. E intuyo que Traiciones al haber sido editado por Norma alguna circulación en Lima habrá tenido, aunque no me consta --este es, por cierto, uno de sus mejores libros. La circulación local de publicaciones latinoamericanas vinculada a la teoría y la estética siempre ha sido un problema a saldar. No tengo la certeza pero intuyo que al menos desde hace cuatro años ha sido a través de este humilde blog que varios de los recientes textos, proyectos y actividades de Ana circularon por primera vez en Lima (más recientemente postée aquí también las reseñas sobre el El Siluetazo --este es otro libro imprescindible-- que Xavier Antich, Marcelo Expósito y yo publicamos en La Vanguardia), cuatro años que es también el tiempo que la conozco y trabajamos cómplicemente en distintos proyectos editoriales, de escritura e investigación colectiva (como la Red Conceptualismos del Sur, entre otros), un privilegio sin duda. Por lo dicho es de agradecer que esta lectura y talleres puedan realizarse, y acaso ello permita remover nuevos intereses por una generación joven de historiadores e investigadores latinoamericanos que vienen realizando un trabajo no sólo notable en términos académicos sino importantísimo en sus formas de intervención en los saberes públicos sobre nuestras violencias recientes.
Además del taller (ver abajo) Ana estará dando una charla pública el miércoles 21 de julio en el Centro Cultural de España bajo el título "Activismo artístico en la última década en Argentina: acciones en torno a la segunda desaparición de Julio López". Lamento enormemente no poder estar allí en estas precisas fechas pero no tengo dudas que el intercambio será excepcional. Es una excelente noticia que en el Centro Cultural de España (con el impulso de David Flores-Hora) apueste frontalmente por traer no solo historiadores españoles sino fundamentalmente latinoamericanos, un diálogo urgente y más que necesario en una Lima todavía demasiado ajena y carente de interlocución en los debates regionales que han involucrado a nuestro Sur en la última década.
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Prácticas antagonistas en los años 60 en Argentina

• Tallerista Ana Longoni

A lo largo del taller, nos proponemos revisar una serie de experiencias de articulación entre arte y política que tuvieron lugar en Argentina desde la década del 60 en adelante. Esta diversidad de “casos” comparte la voluntad por confrontar o incidir desde el arte sobre las condiciones de existencia, y por consiguiente la puesta en cuestión o el desbordamiento del límite convencional entre arte y no arte. En distintos contextos históricos, estos movimientos sostuvieron posicionamientos explícitos que cuestionaron o redefinieron la noción instituida de “obra”, “arte”, “artista” a la vez que la concepción de lo “político” a través de diversos rumbos que conjugaron la experimentación y la radicalidad tanto poética como política.

Ana Longoni es escritora, dramaturga e investigadora. Doctora en Artes (Universidad de Buenos Aires), es profesora de Teoría de los Medios y la Cultura en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Coordina el grupo de investigación “¿La cultura como resistencia?: lecturas desde la transición de producciones culturales y artísticas durante la última dictadura argentina”.

Dirigido: Estudiantes y o jóvenes críticos o egresados de historia del arte, ciencias sociales, arte y humanidades en general. Artistas, activistas, e interesados en general.
Duración: 19, 20, 21 julio.
Horario: 9m-12m.
Inscripción: Completa el formulario on-line aquí.
Plazo hasta el 12 de julio a las 12m.
Cupo limitado: 20 plazas disponibles.

domingo, diciembre 06, 2009

Reconocimiento de la AACA a la publicación El Siluetazo

La semana pasada se anunciaron algunos reconocimientos --Premios a la crítica 2007/2008-- otorgados por la Asociación Argentina de Críticos de Arte (AACA), y entre los cuales figura el premio a la mejor publicación del 2008 (investigación) al volumen compilatorio El Siluetazo, editado por Ana Longoni y Gustavo Bruzzone. Más allá de señalar el mérito ante el notable trabajo editorial y la investigación realizada, o de la mera celebración ante el premio, es significativo advertir el particular desplazamiento que allí parece operar en tanto no se trata propiamente de una publicación de arte sino una reunión de documentos, textos y entrevistas con sociólogos, historiadores, periodistas, docentes, activistas, las propias madres de Plaza de Mayo y claro también artistas involucrados, entre varios otros actores y protagonistas durante los últimos 25 años. Es interesante recordar que las acciones recordadas bajo el nombre del Siluetazo a inicios de los 80 (el trazado de la forma vacía de un cuerpo a escala natural sobre papeles para luego ser pegadas en los muros de la ciudad como forma de representar “la presencia de una ausencia") se originan principalmente como una manifestación que otorga potente visualidad --quizá la mayor a inicios de los 80-- al movimiento de derechos humanos en Argentina, y que se multiplica y reproduce hasta el presente a través de la producción incesante de siluetas de una multitud anónima en las distintas marchas de protesta. Es también significativo pensar que aquella experiencia se haya mantenido relativamente al margen tanto de los recuentos de la propia historia del arte como de la propia historia política. En esas coordenadas tal vez el reconocimiento sobre el libro (y sobre el Siluetazo mismo) podría ser leído como algo más que la mera artistificación de lo político, y en cambio podría permitirnos volver sobre la capacidad de la práctica estética de poner en duda y redefinir permanentemente sus contornos, sus modos de hacer y sus formas de intervenir en lo común.

Recupero una frase de Longoni sobre la experiencia: "Los primeros Siluetazos (septiembre de 1983 a marzo de 1984) señalan uno de esos momentos excepcionales de la historia en que una iniciativa artística coincide con una demanda de los movimientos sociales, y toma cuerpo por el impulso de una multitud. Implicó la participación, en un improvisado e inmenso taller al aire libre que duró hasta la medianoche, de cientos de manifestantes que pintaron, pusieron el cuerpo para bosquejar las siluetas, y luego las pegaron sobre paredes, monumentos y árboles, a pesar del dispositivo policial imperante. En medio de una ciudad hostil y represiva, se liberó un espacio (temporal) de creación colectiva que se puede pensar tanto como redefinición de la práctica artística como de la práctica política."

Hace algunos meses atrás se publicó también en el diario La Vanguardia un dossier a propósito de la salida del libro, y cuyos textos pueden leerse aquí (Xavier Antich), aquí (Marcelo Expósito) y aquí (Miguel López).

Aquí también una pequeña nota que anuncia el premio sobre el Siluetazo en Página 12, y aquí la lista entera de los premios. Me gustaría destacar además el premio a la publicación del 2007 al libro "Noescritos" de Luis Felipe Noé por la editorial Adriana Hidalgo; el premio al texto curatorial del 2008 de Roberto Amigo por "Las armas de la pintura. La Nación en construcción"; y el premio a la investigación en artes visuales del 2007 por la exposición "Arte Nuevo en La Plata 1960-1976" por Fernando Davis, María Cristina Rossi, María de los Ángeles de Rueda y María Florencia Sánchez Guerrini.

miércoles, noviembre 11, 2009

No reconciliados (nadie sabe lo que un cuerpo puede)

No pude anunciar por tiempo las presentaciones de la más reciente obra "No reconciliados (nadie sabe lo que un cuerpo puede)" de Marcelo Expósito en Buenos Aires sobre la escena activista, lucha estética y movimientos sociales recientes en Argentina. Aquí reproduzco el anuncio de su presentación en Rosario. La presentación es organizada por El Levante en colaboración con el CCPE.
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Vanguardia y política reciente en un video de Marcelo Expósito.

Jueves 12 a las 20 en Túnel 4. Gratis.

El artista Marcelo Expósito estrena en la ciudad su video No reconciliados (nadie sabe lo que un cuerpo puede) el jueves 12 en el Túnel 4, donde hablará y debatirá con el público. Expósito propone una libre adaptación de Máquina Hamlet, del dramaturgo alemán Heiner Muller (puesta en escena en Buenos Aires a mediados de los 90). Filmada en Argentina y fruto del trabajo de cuatro años, la película recorre varios momentos en los que herramientas derivadas de la tradición de las vanguardias estéticas son puestas al servicio de la construcción del movimiento social, con escalas en el Siluetazo en los 80, y en la participación de colectivos de arte político (Arte en la Kalle, Grupo de Arte Callejero GAC y Colectivo Etcétera) en el ámbito de los nuevos movimientos por los Derechos Humanos y en la práctica de los escraches impulsados por la agrupación H.I.J.O.S. "La no reconciliación (cita Expósito a Serge Daney) es una forma de hacer los films, de fabricarlos. Consiste en rechazar obstinadamente todas las fuerzas de homogeneización".


Centro Cultural Parque de España/AECID
Sarmiento y el río Paraná
CP 2000
Rosario - Santa Fe
ARGENTINA
Teléfono: (54 341) 426 0941
www.ccpe.org.ar

lunes, noviembre 09, 2009

Estudio de caso: El Siluetazo

Casi corriendo, entre un viaje y otro, pego aquí la información del ciclo de conferencias Un acontecimiento menor. Arte conceptual y experiencia histórica que ha organizado el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid desde fines de setiembre. Precisamente mañana estaré acompañando a la historiadora argentina Ana Longoni en una sesión titulada Estudio de Caso: El Siluetazo, centrado en la experiencia de protesta por los derechos humanos que en 1983 impulsan una de las formas de producción colectiva más políticamente significativas a través del trazado sistemático de siluetas en el espacio público en alusión directa a las desapariciones. Sobre ello escribí un breve texto publicado hace no mucho en La Vanguardia. La ocasión es además propicia por el reciente libro compilado notablemente por Longoni y Gustavo Bruzzone en torno a la experiencia argentina que reune una serie de testimonios, lecturas y reflexiones sobre el legado político de El Siluetazo.

Reproduzco aquí la información completa de las sesiones restantes del ciclo de conferencias (antes estuvieron --lamento no haber podido informar a tiempo-- Peter Osborne, Válcarcel Medina, Luis Camnitzer y Jaime Vindel).
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Un acontecimiento menor. Arte conceptual y experiencia histórica


Marcel Broodthaers. Carte du Monde Poétique, 1968


Fecha:
25 de septiembre de 2009 - 13 de enero de 2010
Lugar: Edificio Nouvel. Auditorio 200
Entrada: Gratuita. Hasta completar aforo

La historia del arte conceptual ha sido tradicionalmente narrada años bajo dos paradigmas que ahora se ponen en cuestión. El primero, definido por Lucy Lippard en el libro Six Years: The dematerialization of the art object from 1966 to 1972 (Nueva York, Praeger, 1973), se articula en torno a la desmaterialización y la desestabilización que ésta supuso para el mercado artístico durante un breve período de tiempo. El segundo, definido por Kynaston McShine en el título de una exposición de carácter internacional -Information (MoMA, 1970)- pone en crisis la expresión subjetiva e introduce el tiempo de los medios de comunicación de masas en el espacio de exposición. Ambas aproximaciones demostrarían el fracaso de los objetivos más radicales de la vanguardia durante la posguerra. La desmaterialización, toda vez que inscrita en el sistema del arte, devolvería lo inmaterial bajo la forma del fetiche de una mercancía artística inagotable. La información, de otra parte, ya integrada en el proceso burocrático del mundo administrado, perdería su capacidad para relacionar lenguaje y experiencia.

Sin embargo, estos dos modos de categorizar las prácticas conceptuales pierden de vista el carácter referencial y de índice del medio empleado. Los listados, enumeraciones, documentos fotográficos y clasificaciones archivísticas son tanto enunciaciones lingüísticas, que trasladan el arte del régimen visual dominante al verbal, como sistemas de registro de un contexto social y político determinado. Las enunciaciones toman la forma de géneros históricos subalternos, considerados menores y premodernos, como la crónica, el testimonio e incluso el calendario, y, al tiempo que relacionan sujeto y experiencia en un presente en producción, cuestionan la epistemología de la historia como sucesión lineal de acontecimientos en ciclos históricos de larga duración. En sus Tesis de Filosofía de la Historia, Walter Benjamin escribía que el cronista que narra los acontecimientos sin distinguir entre los grandes y los pequeños, da cuenta de una verdad: que nada de lo que una vez haya acontecido ha de darse por perdido para la historia. De esta forma, la representación del acontecimiento, común en artistas de procedencia tan diversa como On Kawara, Douglas Huebler, David Lamelas, Hanne Darboven, Mel Bochner, Eduardo Costa, o Isidoro Valcárcel, por accidental que ésta sea, se constituye como el documento de un instante que rompe el vínculo de causalidad entre pasado y presente, una fractura que denuncia la manipulación del sentido del historicismo y presenta un tiempo histórico performativo, en marcha, en el que el sujeto es tanto agente trasformador como participante, a diferencia del tiempo histórico del progreso, en el que el sujeto no es más que espectador en la escena de un nuevo mito fundacional.

La inclusión del acontecimiento cotidiano y del registro del presente como formas de una escritura histórica subalterna, desjerarquizada y carente de valor conmemorativo se transforma en un acto abierto de resistencia política en contextos represivos, caracterizados por la censura de cualquier testimonio antagonista, como la España franquista o los países del Cono Sur durante las dictaduras militares. No es de extrañar que mientras el Grup de Treball exponía el número de represaliados por la dictadura a través de sistemas de medida y distancia, Luis Camnitzer escribía una serie de cartas oficiales al presidente uruguayo, en las que, a modo de los events de George Brecht o las partituras de John Cage, dictaba acciones al dictador, exponiendo así la condición general de carencia de libertades civiles bajo el régimen.

Más allá de los documentos de resistencia e imaginación de disidencia política en una historia de lo menor, estas actividades muestran la figura de un artista que reflexiona sobre un modelo económico en transformación, en el que la producción industrial de bienes de consumo deja paso a la circulación de conocimiento en un régimen archivístico de acumulación inmaterial. Constituyéndose en el primer productor de conocimiento, tal y como ha estudiado Sabeth Buchmann, el artista conceptual expone los dispositivos de control de esta nueva condición, en su trabajo no sólo avanza la condición general postfordista, sino que ofrece los medios de visualización del antagonismo y recuperación de la memoria pública en el espacio y la identidad colectivos, como demuestra la experiencia del siluetazo en Argentina tras la dictadura militar.

En conclusión, Un acontecimiento menor. Arte conceptual y experiencia histórica es una serie de conferencias que sitúan las prácticas conceptuales como ensayos de un relato histórico carente de momentos fundacionales o finalismos conmemorativos; como modos de representación de una historia menor y de una experiencia abierta que se relaciona con las nuevas formas de sistematización y circulación del conocimiento en una economía inmaterial; unos relatos que conectan sujeto e historia en un momento en que la totalidad de ambos se torna cada vez más irrepresentable.

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Ana Longoni y Miguel López
Estudio de caso: El siluetazo
Fecha: Martes 10 de noviembre, 2009
Hora: 19:00 h
Lugar: Edificio Nouvel, Auditorio 200

La realización de siluetas es la más recordada de las prácticas artístico-políticas que proporcionaron una potente visualidad en el espacio público de Buenos Aires y muchas otras ciudades del país a las reivindicaciones del movimiento de derechos humanos en los primeros años de la década del ’80. Consiste en el trazado sencillo de la forma vacía de un cuerpo a escala natural sobre papeles, luego pegados en los muros de la ciudad, como forma de representar “la presencia de una ausencia.

Los primeros Siluetazos (septiembre de 1983 a marzo de 1984) señalan uno de esos momentos excepcionales de la historia en que una iniciativa artística coincide con una demanda de los movimientos sociales, y toma cuerpo por el impulso de una multitud. Implicó la participación, en un improvisado e inmenso taller al aire libre que duró hasta la medianoche, de cientos de manifestantes que pintaron, pusieron el cuerpo para bosquejar las siluetas, y luego las pegaron sobre paredes, monumentos y árboles, a pesar del dispositivo policial imperante. En medio de una ciudad hostil y represiva, se liberó un espacio (temporal) de creación colectiva que se puede pensar tanto como redefinición de la práctica artística como de la práctica política.

Ana Longoni es historiadora del arte y profesora en la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado en colaboración Del Di Tella a “Tucumán Arde”. Vanguardia artística y política en el ’68 argentino (junto a Mariano Mestman, Eudeba, 2008) y El Siluetazo (junto a Gustavo Bruzzone, Adriana Hidalgo editora, 2008), es miembro de la Red Conceptualismos del Sur.

Miguel López es artista visual, investigador y curador independiente. Es co-autor de Post-Ilusiones. Nuevas Visiones. Arte crítico en Lima (1980-2006) (Lima, Fundación Wiese, 2007), y co-curador de Subversive Practices. Art under Conditions of Political Repression. 60s-80s / South America / Europe (WKV Stuttgart, 2009); La Persistencia de lo efímero. Orígenes del no-objetualismo peruano: ambientaciones / happenings / arte conceptual (1965-1975) (Lima, CCE, 2007), entre otras. Colabora con las revistas Ramona, Artecontexto y Afterall.

Dan Adler
Estética y Anti-Estética: Historia cultural de Hanne Darboven, 1880-1983
Fecha: Jueves 19 de noviembre, 2009
Hora: 19:30 h
Lugar: Edificio Nouvel, Auditorio 200

Dan Adler es profesor asistente de arte moderno y contemporáneo en la York University in Toronto. Colaborador habitual de las revistas Art History, Artforum y Canadian Art. Ha sido editor de la Bibliografía de Historia del Arte del Getty Research Institute de Los Angeles. En 2006, comisarió la exposición When Hangover Becomes Form: Rachel Harrison and Scott Lyall (Contemporary Art Gallery, Vancouver y Los Angeles Contemporary Exhibitions). En 2009 ha publicado Hanne Darboven's Cultural History, 1880-1983 (Afterall Books/MIT Press, 2009).

Sabeth Buchmann
Trabajo y/ o labor. Sobre la noción de producción dentro del arte conceptual
Fecha: Viernes 4 de diciembre, 2009
Hora: 19:30 h
Lugar: Edificio Nouvel, Auditorio 200

Sabeth Buchmann es historiadora del arte y profesora en el Instituto de Teoría del Arte y Estudios Culturales de la Academia de Bellas Artes de Viena. Ha publicado Art after Conceptual Art (junto a Alexander Alberro, MIT Press, 2006) y es colaboradora habitual de la revista Texte zur Kunst.

David Campany
Trabajar para revistas y “Trabajos” para revistas. El documental experimental y los precursores del arte conceptual
Fecha: Jueves 10 de diciembre, 2009
Hora: 19:30 h
Lugar: Edificio Nouvel, Auditorio 200

David Campany es historiador del cine y la fotografía, profesor en la Universidad de Westminster de Londres. Es autor de Art and Photography (Phaidon Press 2003), Photography and Cinema (Reaktion Press 2008), ‘Posing, Acting and Photography’ en David Green y Joanna Lowry (editores) Stillness and Time: Photography and the Moving Image Photoforum (Photoworks, 2006).

Sven Spieker
La 'defensa del archivo' – Historias de información
Fecha: Jueves 17 de diciembre, 2009
Hora: 19:30 h
Lugar: Edificio Nouvel, Auditorio 200

Sven Spieker es autor de The Big Archive. Art from Bureaucracy (Cambridge, MIT Press, 2008), ha escrito sobre Boris Mikhailov, Martin Kippenberger y Hans-Peter Feldmann e investigado la relación entre burocracia y vanguardia en Aleksander Rodchenko, el Bureau de Investigaciones Surrealistas y Dziga Vertov, entre otros.

Marcelo Expósito
Grup de Treball: la enunciación es siempre colectiva
Fecha: Martes 13 de enero, 2009
Hora: 19:30 h
Lugar: Edificion Nouvel, Auditorio 200

Marcelo Expósito es artista, ensayista, comisario y profesor del Programa de Estudios Independientes del Macba y de la Facultad de Bellas Artes de Castilla La Mancha. Es colaborador y editor del proyecto de investigación transversal-eipcp, ha comisariado Historias sin argumento. El cine de Pere Portabella (Macba, 2001) y co-fundado y co-editado la revista Brumaria (2002-2006). En 2005 coordinó una extensa investigación sobre arte y política en España desde finales de los años sesenta en el marco del proyecto institucional Desacuerdos.

miércoles, julio 22, 2009

Ana Longoni en la Universidad Arcis de Santiago de Chile

Aprovechando la visita de Ana Longoni a Santiago de Chile para la III Reunión de la Red Conceptualismos del Sur, el Magíster de Estudios Culturales de Universidad Arcis, que dirige Nelly Richard, ha programa una conferencia suya titulada "Del Siluetazo a los Escraches: Estrategias Creativas dentro del Movimiento de Derechos Humanos en Argentina desde la Última Dictadura". La conferencia será hoy a las 19:00 en la sede de calle Huérfanos 1721 (metro Santa Ana).

jueves, julio 09, 2009

Empujar el arte hacia la vida (y viceversa) - Miguel López

Pocas experiencias sociales y políticas han propiciado tal grado de movilización colectiva, de rabiosa denuncia y de recuperación radical de la esfera pública como los efectos impensados de la “silueteada” del 83’ durante la III Marcha de la Resistencia de las Madres de Plaza de Mayo. Un acontecimiento mejor conocido como el “Siluetazo”. Más de 25 años después de aquella primera aparición, el imaginario de desobediencia civil allí desatado continúa atizando las formas más beligerantes de protesta, de confrontación activa contra la represión y de lucha frontal por el poder simbólico.

Las maneras de leer el Siluetazo han sido también múltiples. Generado por iniciativa de tres artistas visuales (Roberto Aguerreberry, Julio Flores y Guillermo Kexel) con el apoyo de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, y algunos activistas y grupos de derechos humanos, su realización pasó de inmediato a formar parte de la historia de la política en la batalla por los desaparecidos.
Aunque impulsado inicialmente por artistas, su combate se ubicó siempre en un lugar enérgicamente distinto al de los circuitos del arte, inscribiendo una dinámica de acción y participación en donde cada sujeto devenía productor de una gran enunciación colectiva. Quizá por ello en los últimos años su recuperación algo tardía para una historia del arte ante la cual fue largamente invisible no ha estado exenta de reparos y divergencias.


El desplazamiento no resulta tampoco hoy nada sencillo. Las pugnas por redefinir el sentido de estas prácticas se viene librando tanto dentro como fuera de lo artístico. Y ahora con particular énfasis, frente a un escenario global que ha empezado a digerir institucionalmente la objetualidad fetichizada de sus registros sin que ello implique una puesta en riesgo institucional ni una apuesta por una participación activa en aquellas mismas disputas.
Sin embargo, recontextualizar el Siluetazo dentro de aquella genealogía podría permitirnos invocar una memoria política distinta: las trazas de un arte decidido a intervenir en los debates públicos, capaz de apostar por la construcción de un proyecto democrático del disenso. Fragmentos decisivos – aquí aún breves e incompletos – que acaso sirvan para pensar una incipiente cartografía de prácticas subversivas que redefinen permanentemente la proyección social de ciertos procedimientos artísticos.

En el mismo setiembre de 1983, el grupo chileno C.A.D.A. (Colectivo de Acciones De Arte) realiza una acción titulada NO +. La acción, desarrollada casi al mismo tiempo pero sin conexión con la “silueteada” argentina, era una respuesta a la conmemoración de los diez años de la dictadura en Chile: una intervención capaz de ofrecer una frase (“No +”) que movilice demandas de la sociedad civil. Así, a través de la inscripción masiva de la frase con pintura sobre los muros de la ciudad – un gesto prohibido por el régimen militar – el lema se convirtió en poco tiempo en una proclama de insubordinación por parte de la ciudadanía frente al régimen.

“No + muerte”, “No + dolor”, “No + dictadura”, “No + hambre”, “No + tortura”, afirmaban carteles, telas, intervenciones o pancartas en la ciudad, producidos por una multitud ilocalizable. Una propagación imparable e inédita, cuyas ilimitadas posibilidades se expandirán geográficamente a lo largo de los siguientes años a través de acciones, convocatorias públicas e incluso por medio de las organizaciones antidictatoriales que la convirtieron en el lema de su lucha.


Al igual que el Siluetazo, la socialización radical del procedimiento estético del NO + exigía que el transeúnte lo modifique en su traslado, eludiendo así, en su aparición incierta e imprevisible, todo orden policial. Una estética de reproducción que evoca transversalmente los usos de la serigrafía como herramienta política de comunicación popular – y con ello una tradición extensa de gráfica en los grupos de izquierdas: el esténcil, el graffiti, los murales, las fotocopias –, y que encauza no accidentalmente algunos de los más filosos cruces entre arte y política en aquellos mismos años en el continente (colectivos como el Taller 4 Rojo en Colombia entre 1972-1976, el Taller E.P.S. Huayco en Perú en 1980-1982, el grupo Suma o el grupo Mira de México durante los años 70, entre varios otros).

En un registro distinto se pueden ubicar los posibles legados del Siluetazo. La historiadora Ana Longoni ha señalado ejemplos en algunos de los contextos recientes de resistencia política como las siluetas y escraches que HIJOS – organismo de derechos humanos de hijos de desaparecidos – promueve desde fines de los 90 en contra de algunos viejos represores, o también a través de acciones e intervenciones de un renovado activismo argentino, con colectivos como Arde Arte!, el GAC (Grupo de Arte Callejero) o Etcétera..., articulados en los márgenes del circuito artístico.

Un eco que también resuena – aunque sin conexión directa – en otros acontecimientos no suficientemente documentados como la acción que Eduardo Villanes realiza en 1995, frente a la matanza de nueve estudiantes y un profesor por parte de un comando paramilitar del Estado peruano, y cuyos restos mortuorios fueron entregados en cajas de cartón de leche evaporada de la marca “Gloria”. Villanes realiza una intervención anónima en la Vía Expresa de Lima en donde la inscripción “EVAPORADOS”, realizada en cartón con recortes de siluetas de manos, emergía en alusión al empaque de leche pero más aún a las desapariciones. Convocando luego a una marcha pública de protesta con dirección al Congreso, portando cajas de leche sobre la cabeza (la frase “leche evaporada” de las cajas era tachada para afirmar: “GENTE evaporada”), asociando así la violencia y los cuerpos de los desaparecidos con los de cualquiera.

Sin lugar a dudas repensar el Siluetazo y sus tensiones desde el presente podría permitirnos instalar en otros términos la reflexión sobre el alcance ‘relacional’ con que ciertas retóricas han inundado los discursos del arte contemporáneo, y más aún las políticas estatales y propagandas populistas que han enclavado eficazmente una noción despolitizada del espacio público en tanto lugar de todos, borrando sutilmente las oposiciones por un ideal compartido que promueve una falsa participación. Frente a ello el accionar múltiple de la “silueteada” argentina parece decir que un espacio es solo público en tanto permite reinstalar un escenario de posiciones enfrentadas, reintroduciendo los conflictos y antagonismos erosionados.

Así también, una experiencia como Lava la bandera, iniciada en Lima en mayo de 2000, puede revelar otro de los intensos desbordes en los que una energía mínima es capaz de detonar una protesta incesante. Impulsada por el Colectivo Sociedad Civil – integrado inicialmente por artistas visuales pero también por ciudadanos de diversas formaciones y procedencias –, la acción tomó la Plaza Mayor a pocos días de la segunda vuelta de un irregular proceso electoral que pretendía prolongar la dictadura de Fujimori.
El lavado de banderas se inició en la pileta colonial de la Plaza, para luego ser paulatinamente acompañado por decenas, cientos, y posteriormente miles de ciudadanos que transportaban sus propias banderas, bateas y jabón, semanas tras semana, conformando un ritual de rechazo público incontrolable. Convirtiendo la Plaza Mayor, y luego las muchas plazas de la ciudad y del país entero (e incluso embajadas peruanas en el extranjero) en gigantescos tendales callejeros que clamaban por una limpieza simbólica: el retorno a la democracia. Un proceso que acompañó decisivamente no solo la caída del régimen, sino que se ha extendido hasta hoy como uno de los más significativos gestos de impugnación y resistencia apropiados por distintos grupos minoritarios.


Al igual que experiencias como el NO + o el Siluetazo, el potencial político de Lava la bandera no descansa únicamente en su dimensión icónica o alegórica, sino en esa fuerza liberadora que en su devenir anónimo emerge para cuestionar toda asignación previa de los cuerpos. Esa “toma estética” – como enfatiza el historiador Roberto Amigo al referirse al Siluetazo – que acompaña a la “toma política”, y que pone en evidencia pública lo que parecía imposible de ser dicho por los medios, transformando estéticamente la realidad, y en ese proceso ensanchando los contornos de lo que parecía posible de imaginar sobre una situación toda.
Hay sin duda una energía emancipadora que los vincula. Una dimensión que escapa a cualquier orden funcional, y que se inscribe en el registro sensible, subjetivo e inmaterial de una forma de experiencia siempre destinada a regenerarse. Allí donde la estética logra ser finalmente un reducto de resistencia inagotable.

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[publicado en el suplemento Cultura|s #368 del diario La Vanguardia (miércoles 8 de julio de 2009) / fotos de el Siluetazo: Eduardo Gil / fotos de CADA, NO +, del archivo de Lotty Rosenfeld / foto de proyecto Gloria Evaporada, de Eduardo Villanes / foto 1 de Lava la Bandera, de Elio Martucelli]

Representar lo irrepresentable - Marcelo Expósito

24 de marzo de 1976: un golpe de Estado impone el último gobierno militar de los sufridos por la Argentina en el siglo XX. El llamado Proceso de Reorganización Nacional sistematiza la represión que crecía ya desde los años precedentes. Muchas personas son secuestradas y sin más se desvanecen. Desaparecen masivamente. Casi de inmediato, sus madres comienzan la búsqueda. Tan temprano como el 30 de abril de 1977 se fundan como organización: son las Madres de Plaza de Mayo. La perseverancia de su lucha es un eje que estructura en los años siguientes la resistencia contra la dictadura.

Buenos Aires, 21 de septiembre de 1983, día del estudiante: las Madres han convocado para hoy la tercera de sus Marchas de la Resistencia. Apenas quedan —pero nadie entonces lo sabe— unos pocos meses para que el régimen militar finalice. A la tarde comienza a fluir la protesta hacia la Plaza, y en ésta va adquiriendo presencia un inquietante motivo visual: centenares de cuerpos a escala humana silueteados sobre papel y pegados en vertical sobre las paredes de la Catedral, del Cabildo, alrededor de la Casa de Gobierno. Una multitud fantasmática prolifera y observa erguida, interpelando a los vivos. Las fuerzas del orden están desconcertadas. Nadie conoce el origen ni pudo prever el uso de este recurso; pero es fácil constatar que muchas de esas siluetas contienen el nombre de detenidos-desaparecidos. Cada vez más personas se tiran al suelo para dar cuerpo a un perfil humano sobre papel. Un policía arranca una silueta para que la analice un superior; una de las Madres se abalanza sobre él y colgada de sus ropas le exige: "suéltalo, ése que llevas ahí es mi hijo".

La metodología, transmitida por testigos visuales y participantes en la acción de la Plaza, contada boca a boca o canalizada a través de la prensa, se reproduce a escala nacional durante años: incontables acciones públicas comienzan a estructurarse alrededor de ese mecanismo tan sencillo como sobrecogedor: un grupo humano se organiza en el espacio de la calle para producir la presencia de la ausencia masiva. Se convierte así en uno de los ejemplos más relevantes que se hayan dado de socialización participativa de herramientas creativas de producción de imágenes, que sirven como modo de visibilización y al mismo tiempo de estructuración tanto de la protesta puntual como de todo un movimiento social.

El libro compilado por Ana Longoni y Gustavo Bruzzone lo explica de manera admirable: el llamado siluetazo era, en su origen, una propuesta artística; pero fue su desbordamiento hacia el campo social y su socialización anónima en el seno de los movimientos por los Derechos Humanos en la Argentina lo que finalmente le dio entidad. Rodolfo Aguerreberry, Julio Flores y Guillermo Kexel, tres artistas y docentes de artes plásticas comprometidos de diferentes maneras con las resistencias políticas y culturales al régimen, planearon presentar, en el marco de un importante premio nacional de artes plásticas, un proyecto pictórico que consistiese en visualizar el volumen del vacío de lo que entonces eran ya decenas de miles de desaparecidos. Pero se requerían demasiadas manos para producirlo, y no habría suficiente espacio en todos los museos argentinos para acoger semejante volumen. Fue entonces cuando decidieron proponer el proyecto a las Madres. En una asamblea de preparación de la III Marcha, éstas aceptaron que la propuesta sirviese para visualizar a gran escala su reciente consigna "Aparición con vida", introduciendo matices importantes en el modus operandi que originalmente se les había propuesto.


Prestemos atención al momento que acabamos de describir sucintamente, porque en él hayamos el instante justo en que eso que luego se denominó "el siluetazo" o "la silueteada" comienza a adquirir su condición de experiencia clave en la historia de las articulaciones entre práctica artística, política de movimientos y activismo social. El siluetazo se puede entender, en primer lugar, como un puente excepcional entre dos momentos históricos del activismo artístico habitualmente escindidos: el del ciclo revolucionario del 68, por un lado, y el del actual ciclo de conflictos, desde finales de la década de 1980, por otro. En lo que respecta al primero, el siluetazo bebe de proyectos de autoemancipación colectiva como la pedagogía del oprimido de Paulo Freire o el teatro del oprimido de Augusto Boal, de la actualización del teatro comunitario que efectúa el argentino Grupo Octubre, y de una experiencia clave en el desbordamiento sesentayochista desde el arte de vanguardia hacia la política revolucionaria: el proyecto Tucumán Arde. [Véase nuestra reseña del libro de Ana Longoni y Mariano Mestman, Del Di Tella a Tucumán Arde, en Cultura/s, 4 de junio de 2003.]

Precisamente el (gran) León Ferrari, participante de Tucumán Arde, afirmó lo siguiente (en unas declaraciones a Longoni que El Siluetazo recoge): "El siluetazo fue una obra cumbre, formidable, no sólo políticamente sino también estéticamente... una idea propuesta por artistas la lleva a cabo una multitud sin ninguna intención artística... no importaba si era o no era arte". Exactamente en la misma dirección reflexionó el ya fallecido Aguerreberry, extrayendo de la experiencia agudas conclusiones: "El artista, más que productor de las obras, podría serlo de los proyectos que, al generar la participación, permitirían el desarrollo de la experiencia estética popular... creando sistemas para que los demás se expresen". He ahí la manera en que el siluetazo avanza una de las características compartida por muchas experiencias de anudamiento entre el arte, la política y el activismo que se han dado en los últimos veinte años: se trata de pensar el arte como una práctica colaborativa de la cual surgen modelos visuales, materiales y estéticos, cuyo objetivo es ponerse a circular y proliferar a través de la utilización que de ellos hacen anónimamente sujetos colectivos. Lo que Brian Holmes afirmó a propósito de los signos diseñados colaborativamente por el colectivo francés Ne pas plier, en el sentido de que su significado y su forma se modelan a través del uso colectivo, se podría hacer extensible a las imágenes políticas producidas artísticamente dentro del movimiento internacional Act Up originado en los Estados Unidos; a los signos y acciones de colectivos argentinos como Arte en la Kalle, Etcétera o el Grupo de Arte Callejero para los escraches; o a las experiencias colaborativas tempranas en España que impulsó La Fiambrera.

Fotos: Eduardo Gil

Para finalizar, me gustaría resaltar cuáles son, a mi modo de ver, las más ricas matrices interpretativas que contiene el hermoso libro coral de Bruzzone y Longoni. En primer lugar, el enfoque materialista de Julio Flores, basado en el análisis semiológico de la imagen y en el Walter Benjamin de El autor como productor: "La figura humana vacía y de tamaño natural fue el signo que iba a representar a cada uno y a todos los que fueron víctimas de la desaparición. En el conjunto, cada figura debía verse única, múltiple e irrepetible, pero su procedimiento de realización debía ser socializado... valorizando la discontinuidad discursiva y el impacto comunicacional". En segundo lugar, la lectura ritualística de Gustavo Buntinx: "La toma de la Plaza tiene una dimensión política y estética, pero al mismo tiempo ritual. No se trata sólo de crear conciencia sobre el genocidio, sino de revertirlo". En tercer lugar, el análisis que del siluetazo hace Roberto Amigo en términos de acontecimiento, como una resignificación del
espacio de la plaza, remitiéndose a lo que Juan Carlos Marín denominó producción de una territorialidad social para referirse a la acción de los movimientos sociales revolucionarios argentinos de la década de 1970. Y en cuarto lugar, la manera en que Eduardo Grüner ubica el caso de estudio en un problema histórico más general: cómo pensar las relaciones entre el arte y la violencia política. Para ello, Grüner conjura a un Benjamin mesiánico frente al productivista que moviliza Flores, a la hora de plantear lo que denomina "el dilema adorniano" del pasado siglo: cómo representar lo irrepresentable, el horror de la desaparición física de las personas a escala masiva.

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[publicado en el suplemento Cultura|s #368 del diario La Vanguardia (miércoles 8 de julio de 2009)]

Arte y activismo: El Siluetazo - Xavier Antich

El día de ayer se publicó un dossier en el suplemento Cultura|s del diario español La Vanguardia en torno al Siluetazo, una experiencia argentina de protesta estético política generada desde 1983 durante la III Marcha de la Resistencia de las Madres de Plaza de Mayo, y cuyos efectos desde entonces no han parado de multiplicarse.

El dossier con colaboraciones de Xavier Antich, el artista y teórico Marcelo Expósito y mi persona, se publica a propósito del reciente libro editado por Ana Longoni y Gustavo Bruzzone titulado El Siluetazo -anunciado aquí en su momento-, el cual compila notablemente una serie de lecturas documentos, testimonios e imágenes desde sus inicios hasta el presente.

Reproduzco los tres artículos publicados ayer en Cultura|s.
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Arte y activismo: El Siluetazo
por Xavier Antich

"La realización de siluetas es la más recordada de las prácticas artístico-políticas que proporcionaron una potente visualidad en el espacio público de Buenos Aires y muchas otras ciudades del país a las reivindicaciones del movimiento de derechos humanos en los primeros años de la década del ochenta. Consiste en el trazado sencillo de la forma vacía de un cuerpo a escala natural sobre papeles, luego pegados en los muros de la ciudad, como forma de representar la presencia de la ausencia.La de los miles de detenidos desaparecidos durante la última dictadura militar".

Así empieza la introducción a El siluetazo (Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2008), el antológico volumen que Ana Longoni y Gustavo Bruzzone han editado para recopilar los documentos textuales y fotográficos de testimonios e interpretaciones, nunca reunidos hasta ahora, de un episodio que pronto trascendió la situación política singular de la dictadura argentina.

Foto: Eduardo Gil

Con el tiempo, puede decirse que el siluetazo "señala uno de esos momentos excepcionales de la historia en que una iniciativa artística coincide con la demanda de un movimiento social, y toma cuerpo por el impulso de una multitud". En definitiva, un cruce emblemático de arte, política y activismo que marca época y que señala el camino hacia un cierto tipo de prácticas colaborativas que han replanteado de raíz las nociones de autoría, de producción y de circulación de las prácticas artístico-políticas de nuestro tiempo.

Visto en perspectiva, el episodio, en ciertos aspectos, merece ser pensado junto al genocidio perpetrado por los nazis durante el Tercer Reich. Si este régimen, como señaló Hannah Arendt, provocó la aparición de una nueva categoría política, la del paria, como individuo al que jurídicamente se le va privando de todos sus derechos hasta que, al final, el exterminio viene a culminar su aniquilamiento físico, las dictaduras latinoamericanas, y no sólo la argentina, hicieron su siniestra aportación a la realidad y al pensamiento políticos del siglo XX con la trágica figura del desaparecido. Una práctica criminal que vino a trastocar la posibilidad misma de una experiencia del duelo por las políticas de eliminación radical, incluida la del cuerpo mismo de los sujetos asesinados.

"Identificar la muerte con la nada es lo que querría hacer el criminal", le escribió Derrida a Lévinas. De ahí, a su juicio, la dimensión política del duelo, que se enfrenta al peligro siempre presente de sellar el olvido y de convertirlo en definitivo.

El siluetazo, surgido por una iniciativa de tres artistas argentinos que fue sometida a un proceso de apropiación colectiva en las manos y las prácticas de miles de activistas y resistentes, se convirtió en un proceso de duelo creativo: no por su dimensión artística, que en seguida pasó a segundo plano, sino por su voluntad de oponer, como una impugnación, la presencia fantasmática de los desaparecidos a un régimen que empezaba a disolverse y que pretendía irse de rositas después de casi siete años de impunidad. Hoy, más de un cuarto de siglo después, las figuras silueteadas continúan mirándonos. Con sus cuerpos aún ausentes.

lunes, junio 30, 2008

Nuevo libro: El Siluetazo


Reproduzco la tapa del reciente libro El Siluetazo, compilado por Ana Longoni y Gustavo Bruzone, y editado por Adriana Hidalgo. El Siluetazo es una de las experiencias políticas más poderosas y críticas en Argentina, una contaminación singular de lo artístico y de lo político que dota de nuevos imaginarios y visualidades las luchas de resistencia de las Madres de Plaza de Mayo.

Así, a 25 años de su primera aparición en 1983, esta configuración de siluetas que confrontan directamente la represión y las desapariciones de la dictadura militar y que han sido luego permanente reiteradas en protestas, marchas y otras experiencias, es revisado y comentado por diversos críticos, artistas y activistas. Es imprescindible su circulación en Lima y si no llega a librerías es necesario pedirlo! Adjunto dos fotografías de El Siluetazo.



[Agradezco a Ana Longoni el envío de la tapa del libro. Las imágenes de El Siluetazo pertenecen al archivo visual del CeDInCI (Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en Argentina)]