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domingo, junio 27, 2010

'Museo y esfera pública' en pdf

Reproduzco el anuncio que circula por Esfera Pública del libro 'Museo y esfera pública', editado por Jaime Iregui.
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Versión en pdf del libro "Museo y esfera pública" donde se recopilan siete artículos acerca del campo del arte contemporáneo entendido como modalidad de esfera pública...

Para bajar el pdf, pulse aquí >
http://esferapublica.org/museoyesferapublica.pdf

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Indice

"Las esferas de lo público"
Jaime Iregui

"Un óptimo instrumento para ganar la confianza del público. Notas sobre coleccionismo institucional en Colombia"
Guillermo Vanegas Flórez

"¿Cómo queremos ser curados? Reflexiones antes y después de Documenta 12"
Cordula Daus

"Contrapúblicos. Mediación y construcción de públicos"
Jorge Ribalta

"Poltrona (reclinable): apuntes de comodidad y acomodo"
Víctor Albarracín Llanos

"El museo contemporáneo y la esfera pública"
José Luis Brea

"Micromuseos"
Investigación sobre dispositivos mínimos de exhibición de arte
Tomás Ruiz Rivas Aguados

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"Museo y esfera pública" hace parte de "Cuadernos Grises", una colección de la Facultad de Artes y Humanidades de la Universidad de los Andes que recoge ensayos en torno a temas específicos del mundo del arte.

domingo, mayo 23, 2010

Nueva crisis de los museos venezolanos y el destino de sus colecciones

A propósito de museos y de vandalismo reproduzco la nota que ha colgado hoy Gustavo Buntinx en la bitácora de Micromuseo sobre una situación crítica reciente en torno a la administración de museos en Venezuela. Reproduzco la nota entera.
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La Sombra Fascista: Manifiesto contra la Apropiación Chavista de las Colecciones Museológicas de Venezuela

Francisco Miranda, gran precursor de la independencia venezolana, otra vez encarcelado: el cuadro icónico que lo muestra en la prisión española de La Carraca, pintado en 1896 por Arturo Michelena, pareciera ahora una alegoría del control político del régimen chavista sobre la actividad museológica de ese país. (Óleo sobre tela: 196.6 x 245.5 cm. Galería de Arte Nacional, Caracas, Venezuela)

La teoría crítica viene alcanzando, durante los tiempos últimos, desarrollos notables y complejos en la discusión cultural internacional. Un proceso importante que nos estimula a todos y al que todos procuramos aportar. En pocas instancias, sin embargo, se aboca ella a las urgencias concretas de extremidades inmediatas. Por ejemplo las opresiones que en América Latina se viven bajo dictaduras como la decadente de Cuba o la aún reciente de Venezuela.

Ya nadie serio, es cierto, pretende reivindicar a la primera de esas instancias como modelo (hace pocas semanas también el Partido Socialista de Chile anunció su ruptura histórica con ese régimen hereditario). Pero la influencia del chavismo se deja todavía sentir en caudillismos irresponsablemente respaldados por alguna intelectualidad ilusa de nuestros países, a veces inconsciente de la sombra fascista que esos autoritarismos expanden sobre el continente. Algo, sin embargo, tan visible en la experiencia misma de lo que penosamente se evidencia dentro del propio proceso venezolano.

Más allá de ls absurda ruina económica de uno de los países más ricos del planeta (crisis energética en un océano inagotable de petróleo), preocupa sobre todo el afán totalizante y totalitario de un gobierno que se apropia del Estado y reprime a la sociedad civil en la búsqueda anacrónica de un poder absoluto. Ejemplo preciso de ello es el anuncio reciente del control impuesto ya no sólo a la administración de los museos sino incluso a sus colecciones, todas las cuales serán física y legalmente transferidas a una sola entidad, la Galería Nacional de Arte, para su control definitivo por parte del régimen.

Se trata de un gesto reaccionario más, a contrapelo de las grandes tendencias mundiales hacia la diversidad cultural y la pluralización de las expresiones. Con la extravagancia adicional de ofrecerse como un impulso revolucionario. Una triste comprobación de cómo los discursos liberadores de otrora han sido capturados, vaciados, degradados, por las fuerzas más regresivas.

Pero no todo se pudre en Dinamarca. O en América Latina: con celeridad impresionante, un manifiesto intitulado "Contra el despojo" ha acumulado ya casi mil firmas desde su circulación el pasado 18 de mayo, Día Internacional del Museo.

La nómina amplia incluye personalidades de distintas generaciones, incluyendo artífices, literatos, historiadores, músicos, cineastas. Entre los promotores y primeros firmantes se encuentran (en estricto orden alfabético, y sin privilegios de género): Priscilla Abecasis, Pablo Antillano, Alexander Apóstol, Guillermo Barrios, Alicia Alamo Bartolomé, Virginia Betancourt, Nicolás Bianco, Manuel Caballero, Rafael Cadenas, Alfredo Chacón, Simón Alberto Consalvi, Omar Estacio, Paulina Gamus, Patricia Guzmán, Víctor Guédez, Solveig Hoogesteijn, Rodolfo Izaguirre, Sofía Imber, Miguel Miguel, Ana Nuño, Federica Palomero, Graciela Pantin Sandra Pinardi, Luis Enrique Pérez Oramas, María Elena Ramos, Elizabeth Safar, Sonia Sanoja, Ana Teresa Torres y Clementina Vaamond.

Sus argumentaciones no precisan explicaciones mayores. A continuación reproduzco íntegro el documento.

Gustavo Buntinx


CONTRA EL DESPOJO:
POR EL FORTALECIMIENTO DE NUESTROS MUSEOS


Nueva crisis de los museos venezolanos y el destino de sus colecciones


El reciente anuncio del actual Ministro del Poder Popular para la Cultura —en el sentido de que ha decidido trasladar todas las colecciones de obras de arte de los museos nacionales a los depósitos de uno de ellos— debe ser objeto de una cuidadosa evaluación y una inmediata atención por parte de la comunidad cultural del país.

Esta medida atenta definitivamente contra la razón de ser de los museos, como garantes y administradores de colecciones del más diverso tipo, que le permiten proyectarse a la sociedad como instituciones de servicio público de extraordinaria potencialidad e impacto social.

Desde las últimas décadas del siglo XX, a la par del surgimiento de un número significativo de instituciones del más variado espectro, el proceso de desarrollo y profesionalización de los museos venezolanos empezó a ser reconocido nacional e internacionalmente. Durante todo este tiempo, el museo venezolano se consolidó como referencia internacional, entre otros aspectos, por el crecimiento y continua articulación de sus colecciones, su dinámica expositiva y la sólida vinculación con su entorno.

Sin embargo, después de un período de sostenido aumento y diversificación de sus audiencias, hacia los últimos once años los museos venezolanos han estado a merced de cambios arbitrarios asociados a una tendencia de centralización de la gestión político administrativa del país. La pérdida de su autonomía funcional y programática y la progresiva sumisión a determinados lineamientos doctrinarios, muy alejados de sus funciones artístico patrimoniales, han desdibujado su misión, debilitando su capacidad de convocatoria, el impacto social de sus servicios, la calidad en sus exposiciones y su otrora valiosísima producción de materiales de apoyo a la educación. De manera injustificada, durante una década de ingentes recursos en el erario público, las colecciones de estos museos asediados por la centralización, se han estancado y desactualizado.

El vaciamiento de sentido de nuestras instituciones museísticas que hoy se intenta consumar con esta nueva medida centralista, tiene un antecedente en la promulgación por parte del Ministro Sesto de una Fundación Nacional de Museos en 2005, como instancia supramuseo que asumió desde entonces el control de las funciones de los museos nacionales y su programación.

Al unísono con la creación de esta supraestructura, se impusieron en los museos estrategias que debilitaron el trabajo de los especialistas, rechazando sistemáticamente las prácticas curatoriales, eliminando las juntas directivas y consejos consultivos, que velaban por el buen funcionamiento de las instituciones y el mantenimiento y constante impulso de sus infraestructuras y, muy importante, la conservación y complementación de las colecciones, de acuerdo al perfil de cada museo.

Según el ICOM, el Consejo Internacional de Museos de la UNESCO, la existencia de una colección es parte definitoria del concepto mismo del museo, base de su existencia. Una razón de ser que impulsa sus funciones definitorias: para conservarla, investigarla, comunicarla y exhibirla con fines de estudio, educación y deleite, como testimonios materiales del ser humano y sus valores identitarios. Alejar la colección del museo heriría gravemente su esencia. ¿Es posible concebir museos sin colección y colecciones museísticas sin museo?

Aparte de las sobradas razones que fundamentan la ineludible condición de que cada museo preserve y difunda el patrimonio del cual es responsable, existen sobradas razones tecnicas y de seguridad. No es funcional, ni conveniente, ni seguro tener los patrimonios de todos los museos en un solo depósito. Un incendio, inundación o terremoto resultaría una tragedia nacional. Pero, más cotidianamente, el movimiento frecuente de las obras las pondría en el riesgo seguro de los traslados mismos.

Además, si el Ministro actual ha reconocido públicamente que “el manejo de la Fundación fue pésimo, porque se creó un equipo por encima de los museos…”, ¿cómo puede pretender ahora dejar este valiosísimo patrimonio de los venezolanos a cargo de una estructura tan ineficiente?

Los museos deben recuperar la figura de Fundaciones de Estado que les fue arrebatada al colocarlos bajo la égida única de la FMN. Deben seguir siendo instituciones del Estado, no del gobierno, y las razones humanísticas, técnicas, artísticas, la historia de una cultura y de sus obras no debe estar nunca al antojo, autoritario y cambiante, de un gobernante temporal.

Para cumplir con su imprescindible misión de conservación y difusión del patrimonio cultural se debe garantizar a los museos tanto el manejo de sus colecciones —base de su identidad y fortaleza institucional— como una amplia libertad de creación, autonomía programática y sustentabilidad financiera.

Nuestro país requiere y exige que sus museos, orgullo de muchas generaciones, sean respetados como bastiones de nuestra identidad, diversidad y pluralidad cultural. En ese sentido es que los abajo firmantes alzamos nuestra voz de enfático rechazo a la decisión de despojar a los museos nacionales de sus colecciones y su traslado a los depósitos de la sede, aún inconclusa, de la Galería de Arte Nacional.

Exhortamos a las autoridades culturales a derogar esta medida y a tomar otras que permitan la recuperación y el fortalecimiento de estas instituciones fundamentales para la vida cultural del país.

(ADHESIONES A:
firmasmuseos@gmail.com)

viernes, mayo 21, 2010

Memoria Museo Memoria - Luis Repetto

Gustavo Buntinx publica en la bitácora de Micromuseo un texto de Luis Repetto por el día internacional de los museos. Reproduzco el texto íntegro.
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MEMORIA MUSEO MEMORIA: En el Día Internacional del Museo, Luis Repetto opina sobre el Lugar de la Memoria


MEMORIA MUSEO MEMORIA

Escribe Luis Repetto, presidente de ICOM-PERÚ

El 18 de mayo se celebra en todo el mundo el Día Internacional del Museo, fecha instituida por el ICOM-Consejo Internacional de Museos desde 1976 con la intención de sensibilizar a las comunidades respecto a la importancia y trascendencia de estos espacios culturales que cada vez se han convertido más en lugares para la memoria, el conocimiento, el esparcimiento y la interacción.

Cada año el ICOM propone un tema para propiciar la reflexión. Este año, el tema seleccionado se denomina: Los museos para la armonía social. Nuestro país está definido en la constitución del Estado como un pluricultural, pluriétnico y multilingue. Así, esta convocatoria está destinada a promover la interculuralidad, la tolerancia y el mutuo respeto.

El Perú cuenta con una larga tradición histórica, con asentamientos poblados de alrededor de 5000 años de antigüedad, con un mestizaje evidente que intenta autoafirmarse, con una extraordinaria diversidad natural y cultural. Pero no posee físicamente los espacios adecuados y el uso de estas instituciones culturales sigue siendo mal interpretado, mal utilizado y mal asimilado.

No sólo es responsabilidad del gobierno central, o de los gobiernos regionales y municipales, sino también de la sociedad civil y de las empresas privadas, así como de las universidades y la iglesia. Todas estas instituciones, entre otras, tienen ese inmenso encargo de promover la conservación de nuestro patrimonio cultural.

La ley faculta a las instituciones del Estado a promover el respeto y la conservación de los bienes culturales, entendiéndolos en su más amplia acepción, abarcando no sólo el paisaje y la naturaleza sino también los bienes producidos por el hombre que son testimonios de su evolución. En estos últimos tiempos, también de manera primordial se considera la preservación de las identidades locales a través de la promoción y conservación, así como del registro del patrimonio inmaterial. El pensamiento, la literatura oral, la música, la danza, la gastronomía y la artesanía, así como la medicina tradicional y el uso de las tecnologías tradicionales, deben ser respetados y preservados para las generaciones futuras.

Los museos no son más los edificios con colecciones encerrados en vitrinas o reservas técnicas. Los museos son espacios culturales para la transmisión del conocimiento y la memoria colectiva de los que nos precedieron, para ver el futuro con optimismo, para reconocernos, para autoafirmarnos, para celebrarnos de ser una civilización capaz de seguir aceptando y venciendo retos.

Los museos son espacios abiertos, son territorios con sus habitantes y los objetos que éstos elaboraron como respuesta a la adversidad. Son lugares donde se exponen las manifestaciones artísticas, no sólo de las bellas artes sino de todo aquello que es capaz de reconocernos en la diversidad y de identificarnos en el panorama del contexto internacional de naciones.

Existen grandes esfuerzos en los últimos tiempos por clarificar el uso de la memoria, se comenta mucho de su importancia y de su transmisión como testimonio de nuestra evolución histórica. Sin embargo, el ejemplo más evidente en el Perú lo constituye el debate generado a partir del Museo de la Memoria que finalmente intenta transformarse en el Lugar de la Memoria.

¿Dónde esta la diferencia? ¿Es que no seguimos viendo para qué sirven los museos? ¿Por qué temerle a esta palabra que viene desde la antiguedad, generada en Grecia como el templo de las musas y que en estos más de 2000 años no ha hecho otra cosa que transformarse en lo que hoy aspiramos?: la preservación y conservación del patrimonio en todas sus manifestaciones para las generaciones futuras.

Me parece que el debate que se llevó a cabo en nuestro país el año 2009 en relación a este tema sirvió para madurar el concepto y asumir que es indispensable contar también con estos espacios físicos para recordar, para valorar el precio de la democracia y de vivir en orden y paz. Es una historia negra que no debemos ocultar, que debemos conocer, que debemos valorar, que
debemos colocar en su verdadera dimensión.

Por eso este 18 de mayo será un tiempo y un espacio para la reflexión para retomar este permanente tema de la memoria y los museos y la armonía social. Tal vez la definición de museos más lúcida de los últimos tiempos la haya brindado Maria Vargas Llosa cuando nos devela que:

"los museos son tan necesarios para los países como las escuelas y los hospitales. Ellos educan tanto y a veces más que las aulas y sobre todo de una manera más sutil, privada y permanente que como lo hacen los maestros. Ellos también curan, no los cuerpos, pero sí las mentes, de la tiniebla que es la ignorancia, el prejuicio, la superstición y todas las taras que incomunican a los seres humanos entre sí y los enconan y empujan a matarse. Los museos reemplazan la visión pequeñita, provinciana, mezquina, unilateral, de campanario, de la vida y las cosas, por una visión ancha, generosa, plural. Afinan la sensibilidad, estimulan la imaginación, refinan los sentimientos y despiertan en las personas un espíritu crítico y autocrítico. El progreso no significa sólo muchos colegios, hospitales y carreteras. También, y acaso, sobre todo, esa sabiduría que nos hace capaces de diferenciar lo feo de lo bello, lo inteligente de lo estúpido, lo bueno de lo malo y lo tolerable de lo intolerable, que llamamos la cultura".

sábado, enero 09, 2010

Los Desafíos del Museo: El caso del Museo del Barro en Paraguay - Ticio Escobar

El mes de diciembre pasado el Museo del Barro en Paraguay cumplió 30 años. Se trata sin lugar a dudas de uno de los proyectos de producción crítica más importantes a nivel continental, y que en su largo recorrido ha logrado catalizar no solamente una crucial reflexión epistemológica sobre el arte indígena, arte popular y el arte urbano, sino además ha logrado imaginar y componer una apuesta museográfica que desjerarquiza las lecturas tradicionales de lo estético, cuestionando la noción de ‘arte contemporáneo’ entendida en un sentido abstracto y universal en el orden occidental. El trabajo del Museo es quizá aún demasiado poco conocido a nivel regional para la importancia de tal iniciativa. A propósito de los 30 años, y además de su reciente y necesaria presentación en la Trienal de Chile (bajo la curaduría de Aracy Amaral), reproduzco un texto del teórico paraguayo Ticio Escobar, fundador del Museo de Arte Indígena del Museo del Barro, sobre el propio Museo tomado de las 'Lecturas a bordo' del web de Micromuseo (y publicado originalmente en María Luis Bellido Gant (ed.) Aprendiendo de Latinoamerica. El Museo como protagonista. Gijón, Trea 2007).

Vista de la Muestra "Una Mirada Múltiple" en la Trienal de Chile

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Los Desafíos del Museo:
El caso del Museo del Barro en Paraguay


por Ticio Escobar

Este artículo consta de dos partes. En la primera, se expondrán brevemente algunas de las cuestiones que debe enfrentar el museo y las reformulaciones que debe encarar para dar cuenta de los desafíos que, atropelladamente, plantea su propia actualidad. La discusión sobre la institucionalidad del arte se ha consolidado a partir de los desafíos sucesivos que impusieron los tiempos modernos y aceleraron los contratiempos globales. Ante el fenómeno creciente de una cultura-mundo y la expansión de las industrias culturales sobre espacios hasta entonces reservados a la cultura “erudita”, los circuitos a través de los cuales se mueve el arte actual deben reacomodar sus presupuestos teóricos, sus objetivos y sus estrategias. Este esfuerzo plantea dificultades serias al museo, pero, también, le abre posibilidades nuevas.

La segunda parte del artículo se apoya en el tratamiento de un caso concreto: el del Museo del Barro. La selección de esta entidad se debe no sólo a mi mejor conocimiento de un sitio en el cual trabajo, sino al hecho de que la coordinación de este libro consideró que su concepto podría ilustrar bien una cuestión central en el tema que nos ocupa. En efecto, la impugnación de fronteras fijas entre lo popular y lo culto (idea eje de este museo) supone una posición necesariamente pluricultural, abierta a modelos diversos de arte. Y el cumplimiento de esta perspectiva exige programas de proyección sobre los diversos sectores que producen las obras, tanto como requiere diversos mecanismos de difusión y contextualización de éstas orientados nacional, regional e internacionalmente. Por último, en las difíciles situaciones en que se desarrollan los proyectos societales de cultura, este caso también puede servir para proponer modelos alternativos de co-gestión, administración y financiamiento.

LOS OTROS MUSEOS

Antecedentes

Tradicionalmente, el museo es concebido como conservación del patrimonio simbólico colectivo: custodio de aquellas figuras que sostienen los imaginarios nacionales, locales o comunitarios. Pero esta función se ha ido complejizando, enriqueciendo y alterando ante el avance de la modernidad: a la mera conservación de imágenes, obras y documentos se ha agregado la necesidad de investigación, documentación y archivo, así como un mayor compromiso con el desarrollo social y comunitario y una nueva preocupación por la presencia ciudadana.

El vínculo de las instituciones del arte con la esfera pública exige relacionar la figura del museo con la de las políticas culturales. En vez de una institución encapsulada, impermeable a los embates de la historia, comienza a afirmarse la idea de una entidad promotora de cultura y de prácticas democratizadoras. En esta intersección se ubica hoy el museo: no puede sustraerse a los intereses omnipresentes del mercado, pero tampoco puede ignorar la promoción de valores ciudadanos que no pasan por la comercialización de la cultura y exigen operaciones no rentables.

Hoy, esas mismas funciones se han complicado aún más: el museo se vincula no sólo con la idea de espacio público, sino con la de un espacio público en gran parte globalizado. La transnacionalización de la cultura y la regionalización de las políticas públicas (Mercado Común Europeo, TLC, Mercosur, etc.) obligan a repensar el museo mediante modelos que trascienden la memoria nacional y local. Si es responsable de conservar (y de promover el trabajo de) la memoria colectiva, la institución debe adquirir una gran flexibilidad para adaptarse a diversas configuraciones de los imaginarios sociales, gran parte de las cuales se apoyan en identidades móviles y provisionales. Es decir, el concepto de un museo que preserva en bloque la memoria nacional ya no se sostiene, simplemente porque no existe una memoria NACIONAL, ni existe UNA memoria. Por eso, el escenario al que se abre el museo es un lugar cruzado por imágenes distintas y movido por objetivos e intereses diversos; contrapuestos a veces.

Por último, el colapso de la moderna autonomía del arte provoca la crisis del museo como espacio aséptico y separado, cerrado en torno a una noción definitiva de lo artístico. Este trastorno también exige replanteamientos en la función museal contemporánea. La pura forma, lo estético, ya no es aval de lo artístico; la discusión acerca de los límites del arte exige construcciones contingentes, provisionales, ad hoc; demanda conceptos que ya no se argumentan en la belleza o el estilo. Aquí aparece la complicada y controvertida figura del curador o del comisario, responsable de proponer narrativas, guiones o libretos que sostengan la puesta en discurso y en exhibición de objetos cuyas apariencias no bastan para instaurar una propuesta.

La crisis de la autonomía de lo estético también produce la contaminación de los espacios museales, abiertos no sólo a los empujes confusos de la historia, sino a la irrupción de disciplinas, cuestiones y temas diversos que hoy confunden y animan las otrora nítidas jurisdicciones del arte. La emergencia de los contenidos discursivos en los acotados espacios del arte conmociona sus límites tradicionales; los vuelve oscilantes siempre, siempre dependientes de posiciones, intereses y proyectos. Como cualquier cambio de paradigma, éste plantea problemas y confusiones, pero también abre alternativas: el cuestionamiento de un modelo arquetípico y ejemplar de museo y la aparición de diversos proyectos museales a ser configurados de modos distintos, según sus particularidades y objetivos. Así, surgen en este ámbito nuevos patrones adecuados a los requerimientos de tiempos y regiones diversas, a políticas culturales definidas, a programas históricos o didácticos determinados. Y, a partir de ellos, se desarrollan propuestas específicas de exhibición, distintos relatos curatoriales capaces de imaginar itinerarios particulares –provisionales– de lectura de lo artístico.

Estas circunstancias diversas exigen definir el concepto, o los conceptos, que sostiene(n) tal o cual institución: abandonada la pretensión de un museo soberano y total, se requiere explicitar las condiciones y supuestos bajo los cuales cada entidad museal específica acota un espacio de trabajo. Un lugar cuyos límites serán siempre borrosos y vacilantes y no terminarán de desmarcar definitivamente lo que es y no arte.

Alternativas

La expansión de las industrias culturales sobre los ámbitos eruditos socava los fundamentos tradicionales del museo y empuja a éste a convertirse en escenario de representación de las nuevas elites post-industriales y lugar de entretenimiento de públicos masivos. El esteticismo global nivela blandamente la sensibilidad contemporánea; presenta el drama en frecuencia de noticia o evento, la diferencia en tono de toque exótico y el enigma, como un misterio excitante. En estas circunstancias, el arte parece obligado a abandonar el aura grave generada por la distancia para adoptar los brillos glamorosos de vitrinas y pantallas; y los museos, a convertirse en “monumentos a los juegos de simulación de masas” (Baudrillard), meras plataformas para las industrias del espectáculo. Sobre el fondo de este riesgo, el museo se encuentra forzado a asumir su proyección multitudinaria sin sacrificar la idea ilustrada de un arte provisto de densidad poética, filo crítico y carga conceptual. Conciliar los términos de esa oposición resulta imposible: siempre quedará pendiente la cuestión de si las convocatorias masivas corresponden a maniobras populistas y estrategias de marketing o a genuinas políticas de democratización cultural.

La desconfianza de lo estético en el arte contemporáneo corresponde a una reacción suya ante la metástasis de la belleza en clave light y ante la dictadura de la forma autónoma. El arte pierde su soberanía y sus espacios amurallados e impugna un concepto de sí basado en puros argumentos estéticos. También pierde (en verdad, ya la perdió hace mucho tiempo) su pretensión de registrar identidades territoriales: de expresar maneras de ser desmarcadas por asentamientos locales, fronteras nacionales o situaciones regionales. Tanto como lo supone el esteticismo global, ambas pérdidas implican un mentís al programa del museo tradicional: a su intento de instaurar un espacio autosuficiente donde la bella forma selle y certifique el estatuto artístico de las obras allí expuestas y donde éstas traduzcan la esencia de una cultura definida en términos territoriales. Quebrantados esos objetivos, el museo tiene que ser replanteado: debe asumir que ya no puede abrir una escena sustraída a las inclemencias de la historia, ni constituirse en garante de un patrimonio simbólico, ni oficiar de árbitro que refrenda lo el estatuto de lo artístico.

Estos menoscabos significan un impacto traumático para la institución museo. Pero también le abren posibilidades de asumir configuraciones nuevas: en este paisaje repentinamente alterado, el museo queda exento de cargas apriorísticas y contenidos esenciales: la rancia casa de las musas deviene zona de proyecto, constructo, entidad en proceso, objeto de prácticas diversas, de alcances pragmáticos azarosos. La desconstrucción del término museo no significa su descarte, sino su puesta en contingencia; su puesta en intemperie quizá. Ese emplazamiento precario e inestable presenta sus ventajas: permite el margen de maniobra y la agilidad que requiere hoy cualquier intento de inscribir un objeto y presentarlo como artístico. Y abre la posibilidad de imaginar otros modelos museales, alternativos al basado en el paradigma clásico occidental; diferentes al Museo que, desde el poder central, funda los mitos de la Nación; ese Museo cuyos artificios disciplinan, uniforman y traducen los imaginarios dispersos en un territorio y cuyos cánones formatean e idealizan las memorias disparejas, los deseos desiguales.

Así, el museo sufre hoy las desventajas que acarrean los extravíos del fundamento: la incertidumbre de un proyecto incierto que no puede invocar misiones redentoras ni alegar destinos forzosos. En compensación, dispone de una ventaja: la libertad de las empresas no clausuradas. Es en este punto donde se abren ocasiones de diseñar modelos diversos de museo, entidades maleables, capaces de traducir la pluralidad de situaciones que plantean las particularidades culturales; pero, también, capaces de asumir las asimetrías y fracturas que persisten, y aun crecen, entre regiones de un mundo imaginado como un gran todo nivelado en cifra de mercancía.

Los giros de la identidad

Aparte de la industrialización y la estetización masiva de lo cultural, así como de la pérdida de la autonomía de lo estético que es su consecuencia, aparece hoy otro cambio que afecta profundamente el sistema moderno del museo: lo que se ha venido en llamar el giro identitario. Las industrias culturales –que suponen las de la información, la comunicación, la publicidad y el espectáculo– se han convertido en nuevas matrices de identificación y creación de subjetividades que tienden a desplazar las tradicionales (como la nación, el pueblo y el territorio). Pero este giro obedece, también, a procesos diferentes a los impulsados por la transnacionalización cultural: el descentramiento del privilegiado sujeto cartesiano, producido a lo largo de la alta modernidad,(1) ha preparado el terreno para comprender el régimen de las identidades a partir de identificaciones y posiciones variables. El concepto de identidad deja de cimentarse en sustancias fijas para apoyarse –ligera, brevemente a veces– en puestos provisorios y en proyectos circunstanciales: ya no designa una esencia, sino circunstancias contingentes, construcciones históricas. La ruptura de un centro unificador esencial ha provocado la emergencia de diversos “nosotros” que pueden superponerse o entrar en conflicto entre sí (la región, la ciudad, el barrio, la religión, la familia, el género, la etnia, la opción sexual, la ideología, etc.).

En resumen: la idea de una identidad plena, clausurada en torno a un centro estable, se ha vuelto insostenible. Por un lado, esta restricción plantea problemas al paradigma museal sostenido en la imagen de un sujeto nacional homogéneo e identidades fijas; imagen definida en términos de Tierra y Patria, amparada en el mito de patrimonios simbólicos intactos. Pero, por otro, ayuda a pensar el museo como proyecto configurable de modos distintos, acomodable a coyunturas y objetivos particulares. El museo puede ser concebido, así, en la intersección de intereses cruzados, variables. Y, una vez más, aquellos problemas y estas posibilidades exigen reformulaciones en el guión del museo contemporáneo. La figura contemporánea del curador o comisario –o, por lo menos, una arista marcada de tal figura– podría ser inscripta en esta situación cargada de vicisitudes, demandante de innovaciones y renuevos.

Los dos curadores

El concepto de curatoría emerge, o se reafirma, en una escena condicionada por los diversos reposicionamientos conceptuales que demanda la pérdida de autonomía del arte: la crisis del formalismo y, consecuentemente, el retorno de los contenidos (la emergencia de conceptos, narrativas, motivos y ejes temáticos), el “giro pragmático” (la práctica curatorial como intervención o acción política movilizadora de sentido), lo transdisciplinal (el cruce transversal de conceptos que atraviesan al sesgo niveles disciplinales distintos) y la obsesión por lo real (que otorga un cierto peso ontológico a las preocupaciones del arte actual).

Esta escena complicada exige, ya se ha dicho, nuevos formatos museales o, por lo menos, serias transformaciones del museo tradicional. La curatoría crece justamente ante esta necesidad; se vuelve un agente útil –un mal indispensable, para muchos– para trabajar discursos que descentren el museo, lo vinculen con las comunidades y lo provean del contingente conceptual que requieren hoy todas las instituciones del arte para compensar la pérdida de la autonomía de lo estético. Ante la retirada de las pretensiones holísticas del museo (la figura de institución omnicomprensiva) avanzan guiones parciales, cuya producción requiere ensayos, narrativas o temas acotados. Una exhibición museal ya no aspira a presentar el conjunto de la obra de un artista, una tendencia o una cultura local, nacional o regional, sino el desarrollo de una cuestión referida a cualquiera de ellas; el planteamiento de un problema que puede cruzar tiempos, estilos, territorios y disciplinas (y puede salir de lo considerado artístico, en sentido estricto). Estas estrategias curatoriales responden siempre a miradas sesgadas: no consideran en bloque un proceso, sino que recortan un segmento de su discurrir para argumentar en pro de una idea o un tema. Y este enfoque fragmentario no sólo afecta una muestra determinada, sino el propio libreto (museológico o, aun, museográfico) de instituciones que, renuentes a hacerse cargo de una totalidad, se detienen en aspectos suyos remarcando líneas de lectura y promoviendo interpretaciones paralelas.

La vocación de incompletud de ciertos museos, curatorialmente demarcados, debe ser confrontada con algunas circunstancias propias de la institucionalidad cultural latinoamericana. Sobre el fondo indigente de lo cultural periférico, la ausencia de políticas públicas y de apoyo empresarial obliga a determinados proyectos museales a hacer acopio de ingenio y maña para imaginar modelos sustentables, más apoyados en la comunidad que en los esquivos presupuestos oficiales o las migajas de las ignorantes burguesías locales. Si bien es cierto que las penurias malogran muchos proyectos, la inventiva desesperada que promueven ellas deviene a veces patrimonio conceptual, reserva política o recurso táctico de apuestas que terminan constituyendo modelos alternativos de museo. Valgan como ejemplos el caso del Museo del Barro, en el cual me detendré más tarde, y la propuesta del Micromuseo, dirigido en el Perú por Gustavo Buntinx.

Tras el lema Al fondo hay sitio(2), el proyecto funciona desde hace más de veinte años “construyendo una colección y una presencia curatorial distinta desde las estrategias de la precariedad y la itinerancia asumidas como un capital simbólico a ser materialmente potenciado”. Antes que reprimirla, el Micromuseo busca volver productiva la diferencia, y más que acumular objetos, los hace circular ocupando espacios sobrantes; “y, aunque atento a desarrollos transnacionales, no abriga vocación universal: aspira a ser específico, con la esperanza de llegar así a ser una institución pertinente y viva”(3). Iniciado hacia 1984, tras el propósito de rescatar obras amenazadas por la desidia estatal y el desinterés del mercado, el Micromuseo fue creciendo en sus acervos y adquiriendo presencia pública mediante la aplicación de estrategias creativas y flexibles. Su apoyo a diversas demandas ciudadanas, así como su política de curatorías nómades y alianzas con “instituciones cómplices”, le ha permitido multiplicar su acción en muy diversos espacios. El propio desarrollo que ha adquirido obliga hoy al Micromuseo a buscar una sede desde donde movilizar sus colecciones que circulan y se distribuyen en función de proyectos curatoriales varios.

La desigualdad entre los museos instalados en el centro (para simplificar, el Norte, la Metrópolis, el Primer Mundo), y los que operan en las periferias (el resto), marca la diferencia entre curadores de uno y otro lado del planeta. El poder de los presupuestos museales no sólo define el valor de los acervos, la opulencia de la arquitectura (efecto Guggenheim), la magnitud de las muestras y el brillo de las instituciones; también decide los alcances de la conservación patrimonial y las políticas de difusión, comunicación y extensión formativa. Estos privilegios tienen sus costes: las curatorías de los megamuseos, dependientes de audiencias masivas y compromisos políticos y económicos considerables, se encuentran más expuestas a los riesgos de la industrialización museal: aunque se cuiden muy bien de conservar los buenos modelos exhibitivos (contemporaneidad, buena factura, prestigio de los artistas, museografía actualizada) y aunque intenten conciliar el enigma del aura con las concesiones que suponen el éxito del público y el impacto mediático, las exposiciones espectaculares no pueden regatear la cuota de trivialidad y show que requiere el mercado. Durante los últimos años, trabajosamente, el proceso de disneyficación de los grandes museos ha sido mantenido a raya mediante calculadas operaciones orientadas a restablecer el canon de lo políticamente correcto en la materia y encargadas de vigilar que no se sobrepasen los límites consensuados por el sistema del arte. Pero ninguna muestra masiva puede dejar de adular a las audiencias y renunciar impunemente a las estéticas de la conciliación o los efectos especiales de las post-vanguardias.

El crítico chileno Justo Pastor Mellado distingue entre lo que él llama “curadores de servicio” y “curadores de infraestructura”. Aquéllos se encuentran encargados del diseño de los museos-espectáculo; éstos, buscan activar mecanismos de inscripción histórica y trazo político a través de propuestas movilizadoras de sentido colectivo. Por lo general, los primeros trabajan con museos centrales y los otros, con periféricos; pero esta relación indica apenas una tendencia y no debe ser tomada en los términos de una alternativa fatal o una disyunción maniquea. Ahora bien, resulta evidente que ciertos museos independientes o alternativos (muchos de ellos ubicados en territorios centrales) presentan mayores posibilidades de maniobra y autonomía curatorial. Y mucho mayor campo de acción: en general, sus curadores deben no sólo imaginar guiones museológicos o estrategias museográficas de bajo presupuesto, sino aportar a la construcción de institucionalidad local, apoyar proyectos comunitarios y realizar tareas que exceden sus oficios de diseño y argumentación conceptual (trabajos de producción, montaje, difusión, consecución de sponsors, etc.). Además, aunque no fueren oficiales (estatales, departamentales, municipales, etc.), los museos son responsables de políticas culturales: sus programas de exhibición, educación, información, investigación y archivo buscan producir efectos en la esfera pública. Y en este contexto, los curadores involucrados en programas museales de pequeño formato –con buenas alternativas de inserción en el cuerpo social– asumen funciones de gestión y promoción cultural de manera mucho más directa de lo que harían los curadores de megamuseos, inscriptos ellos en complejas redes institucionales cuyas sucesivas instancias de mediación los alejan de la práctica pública.

UN CASO: EL MUSEO DEL BARRO

Antecedentes (una crónica enrevesada)

El caso del Museo del Barro, Centro de Artes Visuales del Paraguay, se presta bien a ilustrar la diversidad de modalidades que asumen ciertos museos particulares, especialmente en América Latina, donde los apoyos estatales –necesarios a causa de las penurias económicas que sufre la región– se encuentran siempre en falta y donde, consecuentemente, la precariedad institucional exige a los proyectos museales redoblar esfuerzos y apelar a fórmulas inéditas de trabajo.

En 1972, Carlos Colombino y Olga Blinder, fundan la Colección Circulante, iniciativa privada que busca promover el arte durante los tiempos adversos de la oscurantista dictadura del General Alfredo Stroessner (1954-1989). Lo hacen itinerando a través de distintos puntos del Paraguay sus colecciones de arte gráfico moderno, que constituyen un patrimonio pregonero y ambulante, carente de sede fija. En 1979, el acervo de la Colección Circulante se bifurca en dos programas, impulsados por una vocación complementaria: el Museo Paraguayo de Arte Contemporáneo, dirigido por Carlos Colombino, y el Museo del Barro, fundado por este artista, Osvaldo Salerno e Ysanne Gayet. Ambos programas buscan colectar, exponer y difundir diversas formas de arte moderno y popular, respectivamente.(4)

En 1987 se inaugura en suelo propio el museo definitivo, que unifica sus diversos programas bajo el nombre de Museo del Barro / Centro de Artes Visuales del Paraguay, cuyos acervos fueron formados por donaciones de sus fundadores. (Los recursos para la terminación del edificio provinieron de los peculios de los fundadores, básicamente de Colombino, y aportes de empresas, colaboradores personales y agencias internacionales). El establecimiento del museo permitió que se fuesen complejizando sus fondos patrimoniales con colecciones de arte precolombino, pinturas y objetos e instalaciones (particularmente producidos en el Paraguay, aunque también en el resto de Iberoamérica). También fueron incrementando y diversificándose las colecciones de arte mestizo rural que, compuestas inicialmente por piezas de cerámica (que habían dado origen al nombre Museo del Barro), pasaron a reunir obras muy diversas: tejidos, tallas en madera, cestería y objetos de oro y plata. En 1989 se produce una nueva incorporación, que no sólo incrementa los acervos patrimoniales del museo, sino que incide en su definición conceptual: se anexa la colección de arte indígena formada y donada por Ticio Escobar, cuyas dependencias, conectadas con las de las otras colecciones, fueron habilitadas en 1995.

Una vez derrocada en 1989 la dictadura de Stroessner, que había constituido un gran obstáculo para el desarrollo del proyecto, parecía abrirse para éste una época de bonanza y prosperidad. Pero poco tiempo después, en 1992, mientras se estaban construyendo las dependencias que albergarían la colección de arte indígena, un violento tornado destruyó parte importante de la edificación del museo, cuyos techos fueron arrancados por la tempestad y aplastados contra las paredes de aquellas dependencias. La situación, en sí desalentadora, condujo a salidas imprevistas. Casi en ruinas, el museo lograba una súbita visibilidad pública y, desde ella, despertaba la solidaridad de sectores amplios. Comisiones de vecinos, grupos de artistas, movimientos ciudadanos y partidos políticos, así como la Municipalidad de Asunción, dependencias estatales y embajadas y agencias extranjeras comenzaron a apoyar un programa de emergencia y restauración. La empresa, que había comenzado con la recuperación y resguardo de las piezas anegadas o sepultadas entre escombro y barro (ninguna de ellas fue robada en medio de la confusión), terminó en 1995 con la inauguración de nuevas instalaciones cuya cuantía y dimensiones triplicaron las del edificio original, que permaneciera cerrado durante más de dos años.

El percance no sólo se había constituido en insólito principio de crecimiento, sino en productivo factor de compromiso ciudadano e impulso de nuevas actividades. La reestructuración del museo permitió, por una parte, que sus diferentes salas fueran interconectadas para facilitar el recorrido continuo de las diversas colecciones de acuerdo al guión curatorial del mismo (que considera en un mismo nivel de valor el arte popular y el erudito). Por otra, facilitó estrategias de articulación de diversos programas relacionados con el ámbito amplio que hoy transita el arte contemporáneo, algunos de los cuales se venían realizando ya desde tiempo atrás.(5) Todos estos proyectos operan sobre la base siempre de la gestión particular pero con sistemas de apoyos y convenios híbridos, que incluyen la participación de colaboradores individuales, empresas, entidades estatales, embajadas y agencias internacionales.

En el año 2004, las colecciones de arte latinoamericano (colonial, moderno y contemporáneo, popular y erudito) que forman parte de la Fundación Migliorisi se instalan en un edificio anexo al del Museo, de modo que, internamente, los circuitos entre ambas entidades funcionan de manera ininterrumpida. Este enlace incrementa y potencia notoriamente las instalaciones y acervos de ambas instituciones. Las colecciones y el edificio de la citada Fundación han sido donados por el artista Ricardo Migliorisi.

Actualmente, los objetivos del Museo del Barro movilizan –aparte de los relativos a la custodia, exhibición y difusión de sus colecciones – los siguientes quehaceres:

  • El archivo, la investigación y publicación editorial referentes a diversos aspectos de arte en el Paraguay y América Latina (tareas llevadas a cabo por el Departamento de Documentación e Investigaciones).
  • El trabajo de promoción artesanal que, realizado en forma sostenida desde 1980, implica el estímulo de la producción y la circulación de las obras de creadores campesinos e indígenas, así como la valorización y acompañamiento de sus trabajos (almacén de venta de obras de artesanos artistas y programas de asistencia técnica, intermediación y asesoría).
  • El apoyo del derecho a la diversidad y la autogestión de los pueblos indígenas (asistencia en proyectos culturales, apoyo a campañas de promoción y defensa de los derechos culturales).
  • El fomento de la creación de artistas jóvenes (talleres de arte y premios estímulo).
  • La realización de diversas actividades de formación, discusión y debate (un seminario que lleva seis años de duración, conferencias y coloquios internacionales y un programa de visitas de estudiantes).

Los conceptos del Museo del Barro

El Museo del Barro busca trabajar en pie de igualdad obras de arte popular (indígena y mestizo) y erudito.(6) Este planteamiento exige no sólo activar dispositivos de interacción entre tales obras, sino subrayar el estatuto artístico de todas ellas; es decir, se opone a la política que reserva el museo de arte a las producciones eruditas mientras relega las populares a los museos de arqueología, etnografía o historia, cuando no de ciencias naturales. Para trabajar en esta dirección, la curatoría museal debe manejar un concepto de lo artístico que, sin perder la especificidad de lo formal y lo expresivo, discuta el elitismo etnocentrista de la modernidad. Se propone, de este modo, un modelo inclusivo de arte, desarrollado paralelamente al programa moderno, aunque estrechamente vinculado con él. Argumentar en pro de la paridad entre sistemas diferentes de arte requiere una conceptualización de lo artístico popular.

El arte popular, como cualquier otra forma de arte, recurre al poder de la apariencia sensible, la belleza, para movilizar el sentido colectivo, trabajar en conjunto la memoria, intensificar la experiencia de la realidad y anticipar porvenires. Pero, cuando se trata de otorgar el título de arte a estas operaciones (plenamente artísticas, por cierto), la Estética interpone enseguida una objeción: en ellas, la forma no puede ser seccionada limpiamente de un complejo sistema simbólico que parece fundir diversos momentos diferenciados por el pensamiento moderno, como el del arte, la religión, la política, el derecho o la ciencia.

Esta confusión infringe el principio de la autonomía del arte, figura central de la modernidad, erigida abusivamente en paradigma de todo modelo de arte. La autonomía formal se funda en dos premisas claras: la separación entre forma y función y el predominio de la primera sobre la segunda. Apoyada en Kant, la Estética dictamina que sólo son artísticos los fenómenos en los cuales la bella forma desplaza todo empleo que contamine su pureza con el interés de una utilidad cualquiera (los oficios del rito, las aplicaciones domésticas, los destinos políticos o económicos, etc.). La autonomía formal encabeza la lista de otros requisitos demandados por el sistema moderno del arte para aceptar la artisticidad de una obra: la genialidad individual, la innovación, la originalidad y la unicidad: la obra debe ser creada ex-nihilo, a partir de una inspiración privilegiada, y debe provenir de un acto exclusivo y personal, irrepetible. Y, también, ha de significar una ruptura de la tradición en la cual se inscribe.

Resulta claro que las características recién mencionadas sólo corresponden a notas propias de la modernidad; un momento específico de la historia del arte desarrollado, en sentido muy amplio, entre los siglos XVI y XX. Por lo tanto, tales notas no resultan aplicables a muchos modelos del arte, como el popular, cuyas formas no son autónomas (aunque la belleza remarque funciones extra-artísticas), ni son fruto de una creación individual (aunque cada artista reinterprete a su modo los códigos colectivos), ni se producen a través de innovaciones transgresoras (a pesar de que su desarrollo suponga una constante movilización del imaginario social), ni se manifiestan en obras irrepetibles (aun cuando cada forma específica conquiste su propia capacidad expresiva). Es obvio que esta desobediencia de las notas del arte moderno no es exclusiva de las culturas populares: toda la historia del arte anterior a la modernidad carece de algunos de los requisitos que ésta erige como canon universal.(7)

Convertir el modelo del arte moderno occidental en paradigma universal del arte produce una paradoja en la teoría estética, que sostiene que toda cultura humana es capaz de alcanzar su cúspide en la creación artística. En este sentido, el arte se define no desde la autonomía de sus formas, sino como producto de una tensión entre la forma (la apariencia sensible, la belleza) y el contenido (los significados sociales, las verdades en juego, los indicios oscuros de lo real). De atenernos a esta definición, el arte es patrimonio de todas las colectividades (incluidas, obviamente, las populares) capaces de crear imágenes intensas mediante las cuales interpretan su memoria, su proyecto y su deseo. Desconocer este principio supone instalar una discriminación autoritaria entre los dominios superiores del gran arte (autónomo, soberano) y el prosaico mundo de las artes menores, poblado por artesanías, hechos de folclore o productos de “cultura material”.

El uso del término “arte popular” no sólo permite ensanchar el panorama de las artes contemporáneas, acosado por una visión demasiado estrecha de lo artístico, sino alegar en pro de la diferencia cultural: reconocer modelos de arte alternativos a los del occidental y refutar el prejuicio etnocéntrico de que existen formas culturales superiores e inferiores, merecedoras o indignas de ser consideradas expresiones excepcionales. Esta argumentación se basa en dos alegatos.

El primero invoca el concepto tradicional de arte basado no en la autonomía absoluta de la forma, sino en la tensión entre ésta y los contenidos sociales o existenciales (verdades, usos, valores poéticos, oscuros significados). Hombres y mujeres de diversas comunidades rurales y pueblos indígenas apelan a la belleza no como un valor en sí, sino como un refuerzo de diversas funciones ajenas al círculo estricto regido por la forma. En esta operación, el goce estético constituye una experiencia intensa, pero no autosuficiente: marca una inflexión en el curso de un proceso más amplio dirigido a activar complejos significados sociales, a rastrear los indicios de certezas inalcanzables(8).

Pero la falta de autonomía estética no significa ausencia de lo estético. Enredada en la textura del cuerpo social, la fuerza de la belleza impulsa el cumplimiento de funciones económicas, políticas, sociales y religiosas. Los colores más intensos, los diseños más exactos y las más sugerentes tramas e inquietantes combinaciones operan más allá de la lógica de la armonía y la sensibilidad: recalcan aspectos fundamentales del quehacer social despertando las energías furtivas de las cosas, realzando sus apariencias: volviéndolas excepcionales.

El segundo alegato en pro del término “arte popular”, apela a razones políticas. Ya fue sostenido que el reconocimiento de un arte diferente ayuda a discutir el pensamiento etnocéntrico según el cual sólo las formas dominantes pueden alcanzar ciertas privilegiadas cimas del espíritu. Pero este reconocimiento también apoya la reivindicación de la diversidad: los derechos culturales. La autodeterminación de las culturas alternativas requiere la tolerancia de sus particulares sistemas de sensibilidad, imaginación y creatividad (sistemas artísticos), desde los cuales ellas refuerzan la autoestima comunitaria, cohesionan sus instituciones y renuevan la legitimidad del pacto social.

Indígenas y campesinos visitan a menudo el museo (y colaboran a veces en los montajes, especialmente de los atuendos rituales), pero ellos tienen conciencia de que la exposición de sus propios objetos corresponde a un programa diferente al suyo; las coincidencias se dan más por los motivos políticos recién expuestos que por razones estéticas. Ellos pueden ver con satisfacción sus propias obras exhibidas en otro medio, pero no se identifican con esa operación que es esencialmente extraña a sus sistemas culturales. La mirada que despiertan las piezas dispuestas en vitrinas no es la misma que la suscitada en sus situaciones originales. El museo es, por definición, un dispositivo paradójico, orientado a descontextualizar y recontextualizar los objetos sin olvidar la referencia a los contextos originales. Pero el hecho mismo de que no sean las formas lo que determina el destino de las obras de arte popular (sino la relación de éstas con sus funciones variadas) permite que las articulaciones de este arte estén preparadas para ser desmontadas y rearmadas de acuerdo al requerimiento de usos variables. Por eso, cuando el museo convoca obra popular para subrayar (arbitrariamente) su lado artístico e inscribirla en un proyecto político, los objetos no desfallecen, no sufren un desarraigo radical: se reubican en esos nuevos marcos y muestran otras significaciones, que en sus contextos originales se encontraban latentes. Paradójicamente, así, la falta de autonomía formal termina asegurando un cierto margen de autonomía de presencia a una obra abierta a empleos y sentidos plurales. Expuesta al juego de miradas distintas que la interpelan de muchas maneras, ella podrá, a su vez, suscitar distintas cuestiones en quienes la observan desde otros lugares.(9)

Esta posibilidad resulta especialmente ventajosa en relación a los pueblos indígenas: defender otras formas de arte puede promover miradas nuevas sobre hombres y mujeres que, cuando no son despreciados, sólo son considerados –desde la compasión o la solidaridad– como sujetos de explotación y miseria. Reconocer en ellos a artistas, poetas y sabios obliga a estimarlos como figuras notables, sujetos complejos y refinados, capaces no sólo de profundizar su propia comprensión del mundo, sino de alentar con los argumentos de la diferencia el deprimido panorama del arte universal.


Notas

1. Según Hall, son cinco los grandes descentramientos del sujeto ocurridos durante la segunda mitad del siglo XX: los producidos por el marxismo, el sicoanálisis, Saussure, Foucault y el feminismo. Stuart Hall, Identidade Cultural, Coleçâo Memo, Fundaçâo Memorial da América Latina, Sâo Paulo, 1997.

2. Esta frase es usada en el Perú por los conductores de ómnibus para invitar a los pasajeros a subir a sus vehículos aunque éstos se encuentren sobrecargados.

3. Gustavo Buntinx, “Comunidades de sentido / Comunidades de sentimiento. Globalización y vacío museal”, ponencia sin editar presentada en la reunión preparatoria del coloquio Museos y esferas públicas globales, convocado por la Fundación Rockefeller, Buenos Aires, junio 2001. (El coloquio tuvo lugar en Bellagio, Italia, el año siguiente).

4. El Museo Paraguayo de Arte Contemporáneo comenzó a construir un local en Asunción en un terreno adquirido con fondos propios de Carlos Colombino, mientras que el Museo del Barro se instaló en San Lorenzo, una ciudad cercana a Asunción, adonde se mudó en 1983.

5. Así, en 1987, en el contexto de la formación del Museo de Arte Indígena, se había organizado la Comisión de Solidaridad con los Pueblos Indígenas, dirigida a apoyar los derechos culturales de diversas etnias. Recién caída la dictadura, en 1989, el museo impulsó la constitución de un colectivo de artistas e intelectuales que, agrupados bajo la denominación de Trabajadores de la Cultura, desarrolló en su sede una serie de discusiones acerca del nuevo papel de lo cultural durante los inicios de la transición a la democracia.

6. A pesar de las connotaciones elitistas que pudieran designar esas expresiones, para nombrar la producción de artistas provenientes de la tradición ilustrada (académica o vanguardista) se prefiere emplear los términos erudito o culto antes que contemporáneo, pues se asume que las obras de artistas populares también son contemporáneas, aunque respondan a su propio tiempo de manera diferente. En sentido amplio, el término arte popular incluye el indígena, en cuanto se refiere al conjunto de formas alternativas que suponen una dirección no hegemónica, aunque no necesariamente contrahegemónica. Así, el arte popular comprende tanto el mestizo (generalmente rural) como el indígena, correspondiente a pueblos de origen prehispánico que mantienen una tradición cultural específica sobre la base de formas religiosas, lingüísticas y socioeconómicas particulares.

7. Para legitimar la tradición hegemónica ilustrada, la historia oficial no tiene problemas en reconocer la artisticidad de culturas que carecen de las notas del arte moderno, pero no constituyen culturas populares en sentido estricto (arte chino, babilónico, griego, egipcio, gótico).

8. En este punto, el arte popular coincide con el arte contemporáneo, que recusa la autonomía formal moderna para saludar el retorno de los contenidos y propulsar una apertura a lo extra-artístico. La relación forma / función constituye una fuerza inconciliable, un “indecidible” que dinamiza el quehacer del arte actual y borronea sus contornos tajantes.

9. Las instituciones del arte tienen hoy la posibilidad de crear marcos, párerga (Derrida), no cerrados: los lugares de exposición no delimitan los límites de la escena, de modo que los objetos puedan cruzarlos y dejar en suspenso su propio carácter de “artísticos”, desconociendo ideas a priori de lo que es o no arte. Así como los arbitrarios marcos museales no son definitivos, tampoco lo son las originales condiciones de producción de una obra que trasciende en parte sus propios sentidos y deviene principio de lecturas plurales.

jueves, diciembre 25, 2008

La dimensión política del museo / Museos del Sur: por Manuel Borja-Villel

El sábado pasado apareció en el suplemento Babelia, del diario español El País, un artículo de Manolo Borja-Villel, actual director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía -y exdirector del MACBA-, donde adelanta varias de las ideas que empiezan ya a regir las líneas discursivas del Museo. Borja-Villel propone varios elementos de la agenda intelectual futura de la institución: la necesidad repensar otras narraciones y relatos que contravengan la historia moderna del arte, la posibilidad de desplazar la idea de colección a la idea 'archivo' desde donde pensar las 'obras' como documentos, la pregunta sobre cómo crear una memoria desde la oralidad, entre otros puntos. Y que adelanta también de forma muy sutil lo que será el primer proyecto de tesis de la institución bajo el título de 'Modernidad interpelada' para el 2010.

El blog de YPSite ha comentado también a propósito de este artículo y plantea las siguientes preguntas: "¿Es necesario adaptar las instituciones museísticas a un nuevo estado de cosas o es mejor pensar que son modelos centralizadores, jerárquicos por naturaleza y obsoletos para las formas de entender la creación y la cultura actualmente? ¿Por qué pensar que una estructura tan significada y deutora de una forma muy homogenea de pensar la cultura ha de ser la base de un futuro modelo de acceder a la cultura o al arte contemporaneo?" Yo me haría las mismas preguntas pero de modo inverso. Es decir, por qué habríamos de pensar a priori que un 'museo' es de por sí ya un modelo centralizador, jerárquico y obsoleto, incapaz de generar incisiones en la esfera pública. Las posibilidades de entender y producir cultura desde los museos es singular, y creo que es poco productivo compararlo con otros dispositivos vivos de producción cultural. Que gran parte de las políticas museísticas globales tengan un mínimo interés en asumir tal función desde su dimensión política de interpelación pública, y estén habitualmente entregadas a la espectacularización de las industrias culturales, no implica que no sea posible generar procesos de subjetivación crítica desde el ámbito del museo.

Pero ante todo cabría preguntarnos cuál es el papel que asignamos al museo en el espacio social: ¿lo entendemos como ese lugar donde "se deja morir el arte del pasado" como aduce Valèry al asociar 'museo' y 'mausoleo', o acaso como un espacio vivo en alianza directa con el movimiento social del presente? Ya alguna vez lo señalé en este blog, y es que desde mi punto de vista esa activación política del museo debe sobrepasar la organización de exposiciones, obligándolo a redefinir constantemente sus límites y dinámicas de intercambio, abriendo preguntas que impugnen su propio lugar y el lugar del arte en esos procesos: ¿qué es un museo?, ¿qué es lo público?, ¿qué es una colección?

Queda claro que activar políticamente no quiere implicar aquí realizar exposiciones de 'arte político' (ello equivaldría a poner nuevamente 'las cosas en su lugar', lo cual es la forma más efectiva de despolitización), sino posibilitar nuevas formas de imaginar lo social. Poniendo a disposición colectiva saberes que puedan desbaratar la relación habitualmente jerárquica del museo con el público, a fin de que ello permita construir nuevos espacios potenciales de articulación social, incluso en oposición al propio museo. Y quizá sea allí desde donde resulte posible pensar el museo como un espacio de empoderamiento subjetivo y transformación política. Desde esa dimensión molecular, que si nos empeñamos en ver únicamente desde su aspecto mastodóntico siempre terminará aplastando todo intento crítico antes de ser realizado.

El Museo no puede ser puesto a competir con otros espacios de producción de cultura viva en valorización generales que atañan su pertinencia en el presente (será siempre más o menos adecuado en función de con qué lo ubiquemos), sino que debe ser pensando como una posibilidad más de poner en crisis los consensos. Pero está claro que resulta difícil encontrar instituciones dispuestas asumir esta tarea política. Y aunque uno pueda considerar de antemano que tal objetivo crítico no está más que destinado al fracaso, no puedo evitar seguir pensando en la necesidad de ello. Abdicar desde el lugar de la institución implica entregarla por completo a las administraciones neoliberales y conservadores ya multiplicadas en el planeta, pero más aún implicaría abandonar la posibilidad de seguir imaginando al museo como parte de la construcción de una esfera pública del disenso. Un espacio que permita redirigir las preguntas hacia los marcos de visibilidad y representación ya están inscritos cotidianamente en la práctica social. ¿Qué se da a ver? ¿Cómo se da a ver? ¿Para quién se da a ver? He ahí la dimensión política del museo.

Reproduzco ahora el texto de Manolo Borja-Villel aparecido el sábado pasado en Babelia.
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Museos del Sur

por: Manuel Borja-Villel

La nuestra es una época de crisis que, según Immanuel Wallerstein, es sistémica. Por ello es importante que los museos elaboren paradigmas históricos que nos ayuden a entender mejor el mundo en que vivimos. Necesitamos comprender el presente con relación al pasado y pensar las posibilidades que el futuro nos depara. El museo tiene la obligación de apuntar a ciertos caminos y no a otros. Y esa elección nunca puede ser técnica ni dictada por una racionalidad formal, sino que entraña lo que Max Weber denominó racionalidad substantiva. Cuando el "todo vale" es la norma y la confusión de ideas es general, esta elección o serie de elecciones se perciben a veces como rígidas, elitistas o dogmáticas. Cuántas veces hemos oído las voces apesadumbradas de aquellos que piden una especie de eclecticismo de nuevo cuño como forma de salvaguardar una pretendida democratización de la cultura. Sin embargo, la racionalidad substantiva es todo lo contrario, es el ejercicio de reconciliar lo que aprendemos de la ciencia y la moralidad y denota siempre una elección ética.

La mayoría de la humanidad no goza de nuestros "avances" técnicos y culturales, sino que constituye el Sur geopolítico del que habla Enrique Dussel y representa la otra cara de la modernidad. Ese Sur no está situado en un periodo pre o posmoderno, el tiempo anterior a una modernidad que se realizará en cuanto se apliquen los mismos criterios que han servido para Europa y Estados Unidos. No se trata del estadio menos evolucionado de un proceso único, porque estamos en un mundo en que el centro presupone la periferia y viceversa; y el desarrollo del primero está totalmente relacionado con el de la segunda. El problema reside en que esta otra modernidad es subalterna, no tiene voz. Ha de acatar nuestras reglas, ya que se considera que éstas son generales.

La concepción modernista de la historia buscó sus orígenes en la Ilustración, en la razón pura de Kant, que indica una visión del mundo idealista y eurocéntrica. La modernidad se inició con la expansión de Europa en el mundo y con la centralidad que ésta se autoconfirió, por la que no sólo dominó el sistema mundo, sino que ignoró la existencia del Otro. Europa imaginó su historia particular como si fuese universal y lo que realizó como centro de poder se lo atribuyó a su propia creatividad, como sistema cerrado, autónomo y autorreferencial. Nunca se definió como un centro hegemónico desde donde se controlaba la información, se procesaba el aprendizaje y se edificaban las instituciones que permitían una mayor acumulación de riqueza en la metrópoli, explotando sistemáticamente a la periferia. No advertirlo es obviar la violencia de la colonización europea.

La forma de romper este orden discursivo consiste en que la razón instrumental vaya acompañada de un criterio ético, que es siempre exterior al poder establecido y habilita la interpelación de la Totalidad por el Otro. La interpelación -el acto del habla que le permite hablar al que queda fuera de nuestra construcción discursiva, es decir, al que está afuera de nuestro sistema de inteligibilidad- es el momento de esa exterioridad, de un ser otro, diferente de la comunidad institucional oficial que sólo defiende sus intereses. Esta exterioridad no niega la comunidad, sino que la descubre como lugar de convergencia de personas y grupos libres para estar en desacuerdo. El interpelar, al actuar siempre desde el exterior del derecho vigente, se opone por definición al consenso y a la historia que excluye; y su argumentación es siempre radical y difícilmente aceptada. Si el discurso oficial deja al dominador del centro en total inocencia de las posibles crueldades cometidas en la periferia durante la modernidad, la interpelación las denuncia.

¿Qué pasa, sin embargo, si sustituimos el ego cogito de Descartes por el ego conquiro de Hernán Cortés? Nos damos cuenta de que la modernidad no comienza en el siglo XVIII, sino en el XVI con la conquista de América por los reinos peninsulares. Es entonces cuando se produce lo que Marx denominó acumulación originaria y se empieza a conformar la organización mundial actual. Si esto es así, deberíamos pensar que no existe una única modernidad, sino múltiples y que éstas son interdependientes entre sí, a la vez que tienen impulsos diversos y se pueden originar en momentos distintos. También tendríamos que reconocer que, en el plano artístico, una de estas modernidades, al menos la relacionada con el mundo iberoamericano, empieza con el barroco, esto es, con una cultura teatral, basada en la multiplicidad y el pliegue. De esta forma, manifestaciones plásticas como las de Lygia Clark, Hèlio Oiticica o Gego tienen su sentido, no tanto porque sean artistas fundamentales para entender la modernidad que nos ha venido dada desde Europa y Estados Unidos, sino para aprehender otras prácticas estéticas y políticas.

¿Qué hacer ante un pasado en el que no nos reconocemos y un presente que no nos gusta? ¿Cuál es la función del museo en el mundo contemporáneo? ¿Existe alguna alternativa al museo moderno o al que responde a la cultura del espectáculo? Me gustaría pensar que sí. El museo se mueve entre la subversión y la absorción, la pasividad contemplativa y la ruptura activa, el Estado y la multitud, la creación y el mercado. Por un lado, es cierto que es muy difícil pensar que las formas artísticas puedan abolir las fronteras; pero, por otro, también lo es que sirven para desplazarlas. En un tiempo en el que todos los centros de arte han entrado en una espiral sin límites hacia la ampliación de edificios y franquicias, en que el capitalismo ha alcanzado una expansión que no conoce fin, quizás ha llegado la hora de un cierto repliegue, en el sentido que Pasolini le daba al término: no un giro hacia adentro, sino hacia afuera. La atención a la frágil vida de los cuerpos, la hostilidad hacia la cosificación de nuestra existencia, la manifestación explícita de la desaparición de la frontera entre lo público y lo privado son algunos de los elementos más interesantes de incisión política.

El Museo Reina Sofía está hoy en una situación privilegiada para desempeñar un papel importante porque, a diferencia de los otros grandes centros de arte europeos y americanos, está todavía por hacer. Su estructura no se halla aprisionada por el corsé modernista, ni ha sido todavía absorbida por la cultura del espectáculo. Más aún, en ese Sur del que hablamos, en el que las instituciones son muy endebles, tiene la obligación política de proponer y promover una alternativa. Ésta se centraría en tres aspectos:

a) Una(s) narración(es) alternativa(s) a la historia moderna.

b) Nuevas formas de intermediación.

c) La consideración del espectador no como un sujeto pasivo ni consumidor, sino como agente, un sujeto político.

Un gran número de culturas tiende a fundamentar la historia de su arte y literatura en unos textos fundacionales que, al definir la naturaleza de su propia comunidad, tienen algo de sacralizado, absoluto y excluyente. Éstos asientan el núcleo de lo que en su momento se percibió como una comunidad amenazada a partir de la segregación de toda divergencia. Ése ha sido, sin duda, el origen de las grandes narraciones que han constituido la ideología dominante durante los siglos XIX y XX. Como sostiene Edouard Glissant, estos relatos, derivados de la escritura épica y casi escritos al dictado de los dioses, están íntimamente ligados con el objeto cerrado, la trascendencia, la inmovilidad corporal y con una especie de tradición de la consecución, que denominamos pensamiento lineal. Hoy, por el contrario, no resulta ya posible garantizar este tipo de unidad formal, impensable en un mundo que se ha hecho pequeño y en el que es perentoria la necesidad de inventar múltiples formas de relación que cuestionen nuestras estructuras mentales. Propugnamos, pues, una identidad relacional que no es única y atávica, sino rizomática, esto es, de raíz múltiple. Ésta comporta la apertura al otro y plantea la presencia de otras culturas y modos de hacer en nuestras propias prácticas, sin miedo a un hipotético peligro de disolución.

La historia ha pasado de escribirse como si estuviese constituida por grandes continentes a ser una especie de archipiélago. El autor entra así en tensión, al tratar de reflejar y relacionarse a la vez con su comunidad y con el mundo. El arte busca simultáneamente el absoluto y su opuesto, es decir, la escritura y la oralidad. No narramos ya desde la palestra privilegiada de la voz única, sino inmersos en una multiplicidad de micronarraciones cuya consecuencia es una nueva cartografía del arte. Ahora ya no se puede decir que Nueva York le robó a París la idea del arte moderno, porque ésta surge en múltiples sitios y porque no hay nada que robar, sólo relaciones que establecer y hacer visibles. Artistas que en la historiografía tradicional podían ser considerados secundarios, derivativos o simplemente tardíos, como Georges Vantongerloo o Mira Schendel, alcanzan su dimensión más compleja. Tienen poco que ver con las búsquedas modernistas y mucho, en cambio, con la fragilidad y expansividad de lo oral.

¿Cómo crear una memoria desde la oralidad? Teniendo en cuenta que coleccionar objetos significa a menudo transformarlos en mercancía, ¿cómo exponemos eventos sin que éstos sean fetichizados? ¿Cómo idear un museo que no monumentalice lo que explica? La respuesta pasa por pensar la colección en clave de archivo. Ambos son repositorios de los que muchas historias pueden ser extraídas y actualizadas. Pero, el archivo las "desauratiza", ya que incluye en el mismo nivel documentos, obras, libros, revistas, fotografías, etcétera. Rompe la autonomía estética, que separa el arte de su historia, replantea el vínculo entre objeto y documento, abre la posibilidad al descubrimiento de territorios nuevos, situados más allá de los designios de la moda o el mercado, e implica la pluralidad de lecturas. La correspondencia que se genera entre el hecho artístico y el archivo produce desplazamientos, derivas, narraciones alternativas y contra-modelos. Nos devuelve el conocimiento y la experiencia estética, y también la posibilidad de aprehender un momento histórico de un modo parecido al que explicaba Peter Weiss en La estética de la resistencia.

El archivo es un topos -un lugar- y un nomos -una norma-, ya que tiene el poder de interpretar los elementos archivados que dice esa ley, la recuerdan y llaman a su cumplimiento. El archivo no sólo garantiza la seguridad física del depósito y del soporte sino que también tiene competencia hermenéutica sobre los mismos. Una ciencia del archivo debe incluir, por tanto, la teoría de esa institucionalización, es decir, de la regla que comienza por inscribirse en ella y a la vez del derecho que la autoriza. Éste fija los límites declarados infranqueables, ya se trate del derecho de las familias o del Estado, los lazos entre lo secreto y lo no-secreto, o, lo que es lo mismo, entre lo privado y lo público, se trate del derecho de propiedad o de acceso, de publicación o de reproducción, de clasificación o de la puesta en orden. La democratización efectiva se mide siempre por este criterio esencial: la participación y el acceso al archivo, a su constitución y a su interpretación. Dar voz al otro significa que éste tenga capacidad de archivar y repensar su propia historia, de contárnosla. La solución pasaría por la constitución de un archivo universal, una especie de archivo de archivos, que no sólo sirviese para cuestionar la propiedad, sino también para dar voz, y escuchar, al que no la tiene.

Las historias requieren de una comunidad que las transmita, de mentes en las que reproducirse, de un terreno de cultivo que les permita evolucionar. Si no quieren mantener su carácter aurático, las narraciones han de cuestionar la noción de autor y renunciar a la idea del genio romántico. Ya no podemos pensar la historia como una sucesión de grandes personajes, ni siquiera como el individuo nómada del momento multicultural, sino como una muchedumbre de secundarios, la multitud anónima e hirviente de sucesos, destinos, movimientos y vicisitudes. El autor es un vehículo a través del cual la "biblioteca" de una comunidad busca replicarse a sí misma.

Es importante que estas historias se multipliquen y circulen lo máximo posible. Si el sistema económico de nuestra sociedad se basa en la escasez, lo que permite que los objetos de arte alcancen unos valores desorbitados, la nueva narrativa se sienta en el exceso, en una ordenación que escapa al criterio contable. En este caso, el que recibe las historias es sin duda más rico, pero el que las cede (narra) no es más pobre. Se trata de constituir federaciones de comunidades libres, un proceso que parte desde abajo y habla de autonomía más que de la toma del poder estatal. No se intenta ya educar a un Estado/nación de un modo uniforme. Tampoco se quiere evitar el vínculo con las instituciones, sino establecer redes y descubrir terrenos nuevos para las prácticas antagónicas. No basta con quejarse de la ingeniería de consenso que se nos impone, sino de manejar sus mentiras, ofreciendo unos mitos y preconstituyendo el terreno sobre el que se distorsionarán los hechos, con el objetivo de reconducir esa distorsión y producir desplazamientos de sentido.


[imagen: Sandra Gamarra, San Sebastián, óleo, 2008]

jueves, noviembre 20, 2008

Édouard Glissant

A propósito del reciente encuentro en Cáceres, "Dentro del museo, el infinito a juicio", celebrado hace una semana en España, el blog del guerrero publica una nota en torno a la ausencia de Édouard Glissant y su pertinencia en el marco del Encuentro -por problemas de salud no pudo asistir, y faltó también al ciclo de 'Ideas Recibidas' en el MACBA donde creo que más de uno lo esperábamos con entusiasmo-.
Y posteo aquí íntegro su comentario porque creo que en nuestra parte del continente Glissant es también una coordenada poco conocida en el espacio de la reflexión estética. Y los francoparlantes puede aprovechar de entrar al blog del guerrero y ver además el video de Glissant que fue proyectado en el Encuentro -en francés y sin subtítulos-.
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Édouard Glissant

Para la mayoría de los asistentes, el seminario de Cáceres comenzó el pasado día 7 de noviembre. Para otros pocos, lo hizo unos cuatro días antes, cuando supimos que Édouard Glissant, a partir de cuya trabajo se estructuraba todo el seminario, se encontraba hospitalizado a causa de graves problemas de salud. A partir de entonces, la organización decidió que la mejor manera de contar con su presencia era a través de un documento en vídeo. Recién llegado a su casa, un Glissant algo desorientado y exhausto se prestó amablemente a reflexionar sobre el museo contemporáneo a partir de un amplio guión en el que tuve la suerte de participar.

Como se escribió en este post anterior, Glissant es poeta, ensayista y dramaturgo, doctor en Letras y profesor visitante en CUNY.
Lo cierto, sin embargo, es que la carencia de traducciones al español y su ausencia del campo artístico, aunque aparezca en alguna reciente recopilación, justifican que no sea del todo conocido en nuestro país. A primera vista, su biografía, desde su origen caribeño hasta su actividad política en pos de la independencia de las Antillas, le convierte en un ejemplo casi paradigmático de la negritud, de la criollización y de la teoría postcolonial, en la línea que va desde Aimé Césaire o Franz Fanon hasta Jean Bernabé o Patrick Chamoiseau.
Sin embargo, la obra de Glissant, y en especial su Poetics of Relation, llevan el debate más allá de los términos habituales. Frente al discurso de la subalternidad, que aún implica un sujeto y un espacio centralizados, puesto que lo subalterno es siempre un índice comparativo, Glissant propone la relación, a modo de fuerza mundo que no se relaciona con ninguna otra línea de fuerza, sino que las incorpora a todas. La relación, discutiendo el nomadismo como nuevo finalismo, de nuevo en sus palabras, es un movimiento continuo, un producto que produce, más allá de cualquier hegemonía e inscrito en la totalidad del mundo.
Lo interesante de este planteamiento es cómo se enfrenta a lugares dialécticos fijos -colonizador/colonizado; Yo/Otro- y cómo los integra en el planteamiento entre opacidad y transparencia que lleva a cabo. La transparencia, otro mito moderno, es entendida como un reduccionismo que esconde un elemento hegemónico y de dominio (piénsese en la relación entre lengua y dialecto), mientras que la opacidad es el derecho a la irreductibilidad de las identidades. En nuestras sociedades, la identidad, en una tesis que recuerda al Jean-Luc Nancy de La comunidad desobrada, ya no está asociada a un relato fundacional trascendental, sino a la relación que se establece entre sujetos. El territorio no es ya el espacio de una ideología, sino el tejido de las relaciones entre sujetos. A partir de aquí, no es de extrañar que las tesis de Glissant sean fundamentales para volver a pensar el museo como un espacio de experiencia entre sujetos entre sí mismos y a partir del dispositivo de exposición, para volver a pensar una totalidad no impositiva ni simplificadora, sino como zona de contacto permanente, en palabras del Glissant, como écho-monde, una unidad de pensamiento analítico cuya interdependencia hace funcionar la totalidad de interacciones o, dicho de otro modo, la reflexión que mueve la relación.

Chema González (el blog del guerrero)

miércoles, noviembre 05, 2008

De políticas estéticas. A propósito de Rancière

En el último año Jacques Rancière se ha convertido en una de mis lecturas imprescindibles. Descubrir sus libros me aproximó a una nueva perspectiva crítica sobre la dimensión política del arte. Sus reflexiones entrecruzan de manera notable política, ética y estética, redefiniendo en muchos sentidos la proyección de lo que podemos entender como 'arte crítico', y el propio lugar del arte en el proyecto democrático. Democracia que para Rancière se constituye solo en la relación disensual que podamos establecer con la clasificación asignada en una comunidad dada, y lo que él llama los procesos de emancipación intelectual.

Ordenando mi archivo me he tropezado con un comentario que hice circular, en julio pasado en un intercambio de mails privado, en torno a la polémica sobre el MAC-Lima. El comentario abordaba inicialmente cuestionas directas de la coyuntura del debate de los vecinos frente al Museo, y más específicamente una manera habitual de enfrentar la sitaución de una de las partes. Ahora que lo leo a la distancia creo que cambiaría algunas palabras -varios ideas quizá-, hay algo que aún me sigue sonando involuntariamente imperativo y que se desdice con Rancière, pero que ha quedado como testimonio de lo que dije -pensé- entonces. Y me resulta curiosos cómo algunas ideas de Rancière estaban entonces tan presentes en mi cabeza, y cómo ahora siguen presentes pero de una manera distinta. [Como yo no le hago la más mínima justicia a las ideas de Rancière recomiendo luego ver esta brillante entrevista que le hacen en la revista Archipiélago]. Copio solo el fragmento final -con dos variantes mínimas- de ese mail algo largo:


"(...) [I]ntento poner ente paréntesis algunas nociones habitualmente asumidas. Decía que no se trata de enseñarles a los vecinos sobre la 'conveniencias' públicas del Museo, ni de hacerles entender a través de volantes o trípticos sobre su beneficio social, potencialidad económica o valor cultural. Me interesa hacer a un lado la idea de que existe una brecha entre ambas partes que debe ser remendada a través de ese conocimiento que uno posee a diferencia del otro.

Hablaba yo, en cambio, de "socializar instrumentos" o "dispersar saberes". Con saberes no me refiero a conocimientos -en el sentido de enseñar el 'valor cultural' del museo-, sino a capacidades y competencias que pueden ser reestablecidas. Hablaba de "socializar instrumentos que reactiven la propia capacidad de los sujetos para litigar con esos acuerdos de lo común", y allí estoy asumiendo el régimen estética -del arte, digamos- como un espacio donde 'lo común' -lo que pertenece a una comunidad- es resimbolizado y redefinido. Y donde tal resimbolización pone a disposición pública formas que permiten otros modos de construir lo real, otras maneras de pensar la distribución de los sujetos y de sus representaciones.

Esto puede sonar muy obvio para algunos, y para otros quizá podrá parecer utopía, pero en cierta medida así funcionan cotidianamente los modos de producción de subjetividad: se nos señala tácitamente que existe un determinado ordenamiento de capacidades y que nosotros ocupamos ya un lugar definido en ese orden dado. En ese sentido, estaremos de acuerdo en que la subjetividad es moldeada a cada momento (desde la arquitectura hasta las palabras), y en ese horizonte me interesa pensar el régimen estético como ese espacio donde están en juego permanentemente la reformulación de las subjetividades.

Hablo de emancipación en los términos de Jacques Rancière. Para Rancière la emancipación no es una toma de conciencia -no se trata de iluminar al otro sobre lo que aparentemente ignora-, sino de un cambio de posición o de competencia (y esto es, de creencia en su posibilidad de acción). No se trata de hacer que el arte se vincule con los 'excluidos' o movilizarlo como 'proyecto social', sino de reconectar esa posibilidad de cualquiera de impugnar su propio lugar en tal ordenamiento.
Rancière parte de asumir la potencia igualitaria de los sujetos, y por ello su concepción de política está vinculada a las operaciones que verifican tal igualidad: allí donde los sujetos litigan el lugar de su voz o la posición de sus cuerpos frente al consenso, donde lo estética reconfigura incesantemente los límites de lo decible y las posibilidades de lo pensable.

Pero ya que menciono a Rancière mejor dejar que sea él quien hable:

"A la demanda consensual los artistas pueden responder directamente, relacionando la política del arte con su uso ≪social≫ y estableciendo una relación provechosa entre la necesidad del arte de los desheredados y la necesidad de trabajo de los artistas. Pueden también reelaborar la demanda, otorgando al arte las misiones más ambiciosas de luchar contra el acosmismo (Hannah Arendt) o de recuperar la fe en el mundo (Gilles Deleuze). La reivindicación de un arte relacional, destinado a constituir mini-espacios de socializabilidad, hiperboliza, en función del arte de hoy día, la restauración de vínculos entre los incluidos y los excluidos, o simplemente la resturación de los vínculos entre los individuos. Sin embargo, esta misión del arte permanece anclada en el presupuesto consensual de la oposición simple entre inclusión y exclusión, entre conexión y desconexión. Este presupuesto es quizás lo que hay que empezar a reconsiderar. (...)
El problema no consiste entonces en saber cómo responder a la ≪desconexión social≫ según esos programas oficiales que tienden a poner en el mismo plano arte, cultura y asistencia. El problema consiste en trabajar en una reconfiguración de la división de lo sensible donde las categorías de la descripción consensual se encuentran puestas en tela de juicio, donde uno ya no se ocupa de la lucha contra la exclusión, sino de la lucha contra la dominación; no consiste en reparar fracturas sociales o preocuparse por individuos y grupos desheredados, sino en reconstituir un espacio de la división y capacidad de intervención política, poniendo de manifiesto el poder igualitario de la inteligencia.
Reedificar un espacio público dividido, restaurar competencias iguales: estos dos objetivos, a veces planteados como alternativos, a veces entrelazados el uno con el otro, definen bastante bien el espacio en el que las políticas estéticas de hoy día intentan contrarrestar la despolitización consensual en lugar de remediar los males que produce.(...)

(Jacques Rancière, Sobre políticas estéticas, Barcelona, MACBA y UB, p. 61-62, el énfasis es mío)

lunes, noviembre 03, 2008

Al final de la fiesta - por Manuel Borja-Villel

Es evidente que nos hallamos inmersos en una crisis que no es coyuntural sino sistémica. Posiblemente nos encontramos ante el final de un ciclo. Y no cabe duda de que se avecina un período de recesión quizás semejante al que ocurrió tras el crash del 29. Si durante estos años de bonanza económica la cultura y el arte se han asociado a menudo con el mercado, la moda y el prestigio social, no nos sorprendería que ahora fuesen considerados lujos prescindibles. Sin embargo, no hemos de olvidar que el trabajo cognitivo es esencial en nuestro proceso productivo y que la información y el conocimiento tienen una importancia de la que habían carecido en otras épocas. En un país como el nuestro, escaso de recursos, éste es un factor que no debemos pasar por alto. Pensar que la cultura es un gasto superfluo es no haber entendido el funcionamiento real de la sociedad contemporánea y puede acarrear la toma de decisiones y medidas de dudosa eficacia.

¿Cómo afecta la crisis a los museos? ¿Hemos entrado también en recesión o es el arte un valor refugio? Los indicadores de las últimas semanas parecen señalar que, precisamente por ser general, la crisis está empezando a afectar al mundo artístico. Los museos ven cómo sus patronos corporativos desaparecen de la noche al día. ¿No era Lehman un mecenas preferencial en algunos de los museos más relevantes de Europa y Estados Unidos? Y las obras de arte ya no se venden con la facilidad con que lo hacían hace apenas unos meses. La situación es tal vez más grave en nuestro país. La naturaleza de nuestras instituciones es frágil y nuestro mercado artístico -incluyendo el coleccionismo privado e institucional- apenas incipiente.

En las dos últimas décadas el mundo del arte se había convertido en una gran fiesta. Síntoma de ello es la ansiedad con que muchos profesionales buscaban ser invitados a las múltiples recepciones organizadas durante la Bienal de Venecia o la magnificencia con que los grandes coleccionistas de Miami esponsorizaron sus parties, a menudo en contraste con la precariedad con que algunas iniciativas han logrado sobrevivir. Es asimismo muy significativa la sensación de decepción que dejan la mayoría de estas atracciones. El último gran tour por Venecia, Kassel y Münster dejó la amarga percepción de que, si hay algo que de verdad está ocurriendo, probablemente lo esté haciendo en otro sitio.

El ecosistema español no ha sido ajeno a este fenómeno. No ha sido el nuestro un país en el que haya faltado dinero, muchos proyectos han sido fácilmente subvencionados. Siendo esto así, lo normal hubiese sido que mantuviésemos un estatus alto en el panorama artístico internacional. No obstante, cada año solemos asistir a esa especie de jeremiada en la que nos lamentamos de la ausencia de nuestros artistas en el ámbito internacional: ¿Por qué no nos quieren? No es que carezcamos de instituciones. No es que no se apoyen nuestras propuestas. No es que no tengamos comisarios de talla internacional. Tampoco se puede atribuir a la escasez de información de nuestros críticos. ¿Será, como dijera Warhol en otro contexto, que ha habido demasiadas fiestas y, al final, no nos ha quedado tiempo para el arte?

Paradójicamente, el nuevo contexto económico implica un cambio de paradigma que nos puede beneficiar. La institución artística en España no es lo suficientemente sólida como para considerarla inamovible. Y la historia nos enseña que en épocas de recesión las vanguardias tienden a confrontar sus propios postulados y la realidad que pretenden construir. Así sucedió en los años treinta, sin duda uno de los momentos clave en la historia del arte moderno. Y tendrá que ocurrir de nuevo en la actualidad. Nuestro cometido ahora no consiste exclusivamente en superar la crisis, sino en buscar alternativas a una posición insostenible, en la que el dinero fácil y la estima social lo constituyen todo.

Es importante reconocer esta realidad y empezar a trabajar en nuevas formas de sociabilidad, capaces de engendrar esfera pública y antagonismo en donde ya sólo hay consenso o auto-representación. Hemos creado un mito en nuestro país, un mito labrado en la transición, por el que democracia y creatividad iban a la par, por el que vitalidad y radicalidad se asociaban. Y no nos dimos cuenta de que esa creatividad y radicalidad se habían convertido en etiquetas para el consumo. Es necesario que pensemos dónde estamos, qué queremos, adónde vamos y que nos cuestionemos si de verdad buscamos un arte que contribuya a este espacio público o, por el contrario, lo que nos interesa es simplemente crear una marca para lucirla en una fiesta.

Manuel Borja-Villel es director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.


[publicado hoy en El País]