Mostrando las entradas con la etiqueta tinta limón ediciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta tinta limón ediciones. Mostrar todas las entradas

viernes, julio 23, 2010

Ch´ixinakax utxiwa. Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores, de Silvia Rivera Cusicanqui

Reproduzco el anuncio de la presentación del reciente libro de la socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui, editado por la estupenda Tinta Limón Ediciones --que sin duda es uno de los más significativos proyectos editoriales independientes locales. Rivera Cusicanqui no es ninguna desconocida en nuestro país, o no debería serlo al menos, su trabajo ha sido ya presentado más de una vez en los eventos organizados por el Programa de Democracia y Transformación Global en Lima, y más recientemente ha estado invitada por el Posgrado de Estudios Culturales que coordina Víctor Vich en la PUCP. El título del libro es Ch´ixinakax utxiwa. Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores. Reproduzco la nota entera de la presentación que será esta noche en Buenos Aires (y felicitaciones a Silvia por la publicación!)
.........

Tinta Limón y editorial Retazos

presentan el libro

Ch´ixinakax utxiwa

Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores


con la presencia de la autora

Silvia Rivera Cusicanqui

viernes 23 de julio - 19 hs

en Artigas 690 - Flores


80 págs, 18 pesos


Invitan

Movimiento de Colectivos (Florencio Varela), Simbiosis Cultural, La Ventana,

Comunidad Educativa Creciendo Juntos (Moreno), Colectivo Situaciones y Chasqui Wayra

Más información sobre el libro en http://chixinakax.wordpress.com


Silvia Rivera Cusicanqui vive en La Paz, donde se desempeña como socióloga y docente. Ha publicado numerosos trabajos sobre la historia política y social de Bolivia, entre ellos Oprimidos pero no vencidos, Las fronteras de la coca y Ser mujer indígena, chola o birlocha en la Bolivia postcolonial de los años 90. A comienzos de la década del ochenta fundó el Taller de Historia Oral Andina y participó activamente en la editorial Aruwiyiri. Actualmente integra El Colectivo,

grupo de investigación que publica una revista “estacional, alternativa e irreverente”.

En pleno auge de los festejos bicentenarios en nuestro continente, lo indio no puede reducirse a lo arcaico ni lo originario convertirse en un estereotipo más. La actualidad de nuestras abigarradas ciudades no puede pensarse sin ese conjunto de desplazamientos territoriales que atraviesan todo tipo de fronteras: de países, oficios, costumbres, lenguajes, comidas, etc. En ese ir y venir incesante se constituye la trama material de nuestra vida diaria.

Lo indio no debe ser planteado entonces en términos de una identidad rígida, pero tampoco puede subsumirse en el discurso ficticio de la hibridación. Lo ch’ixi como alternativa a tales posturas, conjuga opuestos sin subsumir uno en el otro, yuxtaponiendo diferencias concretas que no tienden a fundirse en una comunión jerarquizada. Lo ch’ixi constituye una imagen poderosa para pensar la coexistencia de elementos heterogéneos que no tienden a la fusión y que tampoco producen un término nuevo, superador y englobante.

Con esta publicación conjunta entre Editorial Retazos y Tinta Limón, buscamos vincular tales elaboraciones con las realidades que aquí vivimos. Situaciones complejas y singulares, donde suele pasar que en nombre de las “tradiciones andinas” se justifique judicialmente la explotación a destajo en los talleres textiles clandestinos. Y nos interesa desafiar también esos textos a partir de las experiencias de construcción de nuevos territorios en los que se reinventan las figuras del hacer colectivo. Territorios que conjugan de otra manera las formas comunitarias y la organización política autónoma. Estas premisas nos permiten relanzar, aquí y ahora, la pregunta por las prácticas de descolonización.

www.tintalimonediciones.com.ar

martes, mayo 04, 2010

La noche de los proletarios, de Jacques Rancière (primera edición en castellano)

El pasado 1 de mayo se puso en circulación el libro La noche de los proletarios. Archivos del sueño obrero, de Jacques Rancière, editado por el Colectivo Situación (Tinta Limón ediciones). Este era uno de los libros más esperados en castellano de la producción escrita de Ranciére aun no traducida, y que es también una bisagra en sus reflexiones sobre los modos de hacer de la política, entre los años 70 y el trabajo que desde los 80 emprende sobre literatura y posteriormente sobre arte y estética. Reproduzco el anuncio del libro y una entrevista del Colectivo Situaciones a Rancière (agradezco a Ana Longoni por el envío).
.........

Tinta Limón Ediciones presenta

La noche de los proletarios

Archivos del sueño obrero

Un libro de Jacques Rancière

cid:8443E09F36DF41C1AB38E943AF48DA89@marioa520019e9

552 páginas

Ya está disponible en la Feria del Libro - stand 2414 del Pabellón Amarillo.

Buscalo en las librerías a partir del 1 de mayo.

Y en la Feria del Libro Independiente (FLIA) - 1 y 2 de mayo, de 14 a 24 hs.

(en el Estacionamiento de la Facultad de Ciencias Sociales, Paraguay y Azcuénaga)


El filósofo francés Jacques Rancière nació en Argelia en 1940. Impartió lecciones en la Universidad París VIII a partir del año 1968 y participó junto con Louis Althusser en la escritura de Lire le Capital. En el recorrido de su pensamiento abundan los desplazamientos: de la estética a la filosofía y de la historia a la política. Sus libros escritos ya son una veintena, entre los que sobresalen La lección de Althusser (1974), La noche de los proletarios (1981), El maestro ignorante (1987), El desacuerdo (1995) y La división de lo sensible (2000).


Índice

Entrevista a Jacques Rancière 7

Por el Colectivo Situaciones

Agradecimientos 17

Introducción 19

Primera parte: El hombre con delantal de cuero

Capítulo 1: La puerta del infierno 29

Capítulo 2: La puerta del Paraíso 53

Capítulo 3: La nueva Babilonia 81

Capítulo 4: El camino de ronda 103

Capítulo 5: El lucero del alba 137

Segunda parte: El cepillo roto

Capítulo 6: El ejército del trabajo 181

Capítulo 7: Los amantes de la humanidad 213

Capítulo 8: El yunque y el martillo 245

Capítulo 9: Los agujeros del templo 289

Tercera parte: El Hércules cristiano

Capítulo 10: El banquete interrumpido 319

Capítulo 11: La república del trabajo 371

Capítulo 12: El viaje de Ícaro 425

Epílogo

La noche de octubre 511

Cronología Sumaria 525


La temporalidad de la igualdad

Entrevista a Jacques Rancière

Por el Colectivo Situaciones

En La noche de los proletarios elegiste un modo de escritura poco común, que supone una invitación a la lectura no convencional y exige del lector, creemos, más que un interés determinado cierta curiosidad libre. Esto nos llama la atención porque hoy resulta muy habitual reemplazar la sutileza en la investigación por presentaciones meramente retóricas de los temas que impone el presente. Nos gustaría entonces que cuentes por qué tomaste la decisión de escribir de este modo, es decir, qué tipo de dilemas tenías que resolver. Y más en general, ¿qué criterios tenés en cuenta a la hora de pensar la relación entre investigación, escritura y política?

Esta escritura me fue impuesta por mi material, que estaba mayoritariamente conformado por textos obreros que constituían ellos mismos un acontecimiento: la entrada en la escritura de personas que se suponía que vivían en el mundo "popular" de la oralidad. Yo tenía que dar cuenta de este acontecimiento y hacer sentir la vibración poética de sus textos y del contenido de sus pensamientos. El discurso habitual de los académicos anula ese acontecimiento, ya sea midiéndolo con el rasero de las tesis reconocidas sobre la historia de los movimientos sociales, o bien explicándolo como expresión de las condiciones de vida de esas poblaciones. De este modo se introduce una diferencia de estatuto entre dos tipos de discursos: aquellos que expresan una condición social y los que explican, a la vez, esa condición y las razones por las que se expresa de cierta manera. En otras palabras: incluso cuando se ocupa de la emancipación social, el discurso académico aplica el presupuesto de la desigualdad. Suele oponérsele a este método, la pretensión de presentar en su desnudez las "voces de los de abajo". Pero sigue siendo un modo de situar en sus lugares respectivos al mundo popular de la voz y al universo intelectual del discurso. La única manera de hacer justicia a esos textos y al acontecimiento que constituyen, es fabricando un tejido de escritura que logre abolir la jerarquía de los discursos. Construí entonces, con sus palabras y sus itinerarios, la trama de una historia que es la historia de la educación sentimental, intelectual y política de una generación. Y sólo podía hacerlo con mi propia sensibilidad, teniendo en mente todas las novelas, poemas, canciones, óperas o dramas que me permitían establecer resonancias con aquellas vivencias suyas. Primero experimenté esta necesidad. Después intenté teorizarla hablando de una poética del saber, que tiene por principio desandar la condición privilegiada que la retórica intelectual reclama para sí mismo y así descubrir la igualdad poética del discurso. Igualdad poética del discurso quiere decir que los efectos de conocimiento son el producto de decisiones narrativas y expresivas que tienen lugar en la lengua y el pensamiento común, es decir en un mismo plano compartido con aquellos cuyo discurso estudiamos.

En el libro se alcanzan a percibir un conjunto de temporalidades que rompen con la linealidad histórica: avances, retrocesos, muchos fracasos y algunos momentos de plenitud, pero sobre todo la atención está puesta en las ambivalencias, las paradojas y en ciertos desplazamientos sutiles experimentados por el movimiento sansimoniano del siglo XIX. Como cuando concluís que “había que perderse en la búsqueda para encontrar”; o cuando “la oportunidad se perdió y se impone el recomienzo”; o cuando, más amargamente, “la conclusión repone el punto de partida”. En cada uno de esos casos la pregunta que subyace parece ser: “qué tiempo concebir diferente al de la permanencia del destello”.
¿Te parece que ha emergido en la actualidad una política capaz de asumir otra imagen del tiempo?

Creo que el problema de las temporalidades se plantea, hoy como ayer, en los mismos términos generales. Hay un tiempo "normal" que es el de la dominación. Ésta impone sus ritmos, sus escansiones del tiempo, sus plazos. Fija el ritmo de trabajo –y de su ausencia– o el de los comicios electorales, tanto como el orden de la adquisición de los conocimientos y de los diplomas. Separa entre quienes tienen tiempo y quienes no lo tienen; decide qué es lo actual y qué es ya pasado. Se empeña en homogeneizar todos los tiempos en un solo proceso y bajo una misma dominación global. Y además hay dos tipos de distorsión de este tiempo homogéneo: en primer lugar, están las maneras imprevisibles con que los agentes sometidos a esta temporalidad renegocian su relación subjetiva con las escansiones del tiempo. La noche de los proletarios habla de eso: los proletarios están sometidos a la experiencia de un tiempo fragmentado, de un tiempo escandido por las aceleraciones, los retardos y los vacíos determinados por el sistema. Su emancipación consiste, primero, en reapropiarse de esta fragmentación del tiempo para crear formas de subjetividad que vivan otro ritmo que el del sistema. Desde este punto de vista, las formas contemporáneas de precariedad y de intermitencia me parecen mucho más próximas a esta experiencia del tiempo de lo que se admite. Por otra parte hay interrupciones: momentos en que se detiene una de las máquinas que hacen funcionar el tiempo –puede ser la del trabajo, o la de la Escuela. Hay asimismo momentos donde las masas en la calle oponen su propio orden del día a la agenda de los aparatos gubernamentales. Estos "momentos" no son solamente instantes efímeros de interrupción de un flujo temporal que luego vuelve a normalizarse. Son también mutaciones efectivas del paisaje de lo visible, de lo decible y de lo pensable, transformaciones del mundo de los posibles.

A menudo se le oponen a estos momentos "espontáneos", la larga paciencia de la organización y sus estrategias. Pero la relación no se limita a la diferencia entre la espontaneidad y lo organizado. Se extiende a las temporalidades heterogéneas. La cuestión es hacer durar una aceleración del tiempo, una aceleración de la apertura de los posibles. Hasta ahora solamente las artes del relato –la literatura y el cine– han logrado este tipo de operaciones. Siempre se ha querido volver duraderos esos momentos a través del uso de las estrategias: la constitución del ejército industrial de los trabajadores sansimonianos, el pensamiento marxista del desarrollo de las fuerzas productivas y de las etapas de la revolución. Todas estas temporalizaciones acabaron perdiéndose en la temporalidad electoral, es decir, en la temporalidad de la reproducción de las oligarquías gobernantes. Otra imagen del tiempo, ciertamente, es necesaria: es decir, una imagen del tiempo como desarrollo de la potencia autónoma de esos momentos. Pero es necesario constatar que ella aún no existe como imagen de lo político. Todavía permanecemos en la división establecida entre el tiempo de la reproducción de la dominación y el tiempo de las etapas de la estrategia revolucionaria. No veo otra alternativa mejor que aquella que intenta desarrollar la temporalidad de los momentos de igualdad, dándole una consistencia autónoma al margen de toda predeterminación de una estrategia que pretende saber adónde hay que ir.

Hablás de “proletarios secretamente enamorados de lo inútil”. Nos llama la atención tu esfuerzo por romper los estereotipos de “lo obrero”. ¿Cómo pensás hoy las posibilidades de una sensibilidad capaz de superar los estereotipos atribuidos al mundo del trabajo sin recaer en formas estéticas neoliberales?

Tal vez haya que rechazar la alternativa: o bien la figura tradicional del trabajador, o bien un pequeñoburgués encerrado en las formas "liberales" del trabajo individual y planificado, y del consumo cómplice. Aún si existió en cierto momento una fuerte pregnancia de la fábrica y del obrero metalúrgico, hay que recordar que el proletariado siempre designó a un mosaico de formas de trabajo, de vida y de ideología muy diversas. Asimismo no hay que dejarse seducir por las implicaciones de la palabra "liberalismo". Muchos de quienes lo critican le conceden de hecho lo que demanda: a saber, la identificación de nuevas formas de imposición del trabajo que aíslan a los individuos y los presionan mediante formas de participación y de responsabilidad ampliadas correspondientes a los impulsos "individualistas" de estos individuos; es decir, se le concede la "libertad" que reivindica, mientras se critican sus virtudes corruptoras. La mayoría de los discursos que se pretenden radicales hacen como si la "flexibilidad" designara efectivamente una forma de organización que responde a un deseo de soltura y de participación de los trabajadores, como si la autoridad hubiera sido reemplazada por formas de integración suave y como si todos rebosaran en las perversas delicias del consumo a ultranza. Todos estos discursos creen y hacen creer que la dominación funciona en la actualidad instaurando un régimen de permisividad general en la cual los deseos rebeldes se dejan "recuperar". La verdad es que la autoridad del capital y del Estado se refuerza en todos lados y que los medios individuales y colectivos de resistencia son sometidos por asalto en cada lugar.

También es verdad que, en todo momento, hoy en día como en la época de La noche de los proletarios, las formas subjetivas por las cuales se toma distancia de las imposiciones de su condición son a la vez modos de romper con el sistema de dominación y modos de vivir en él. Lo que era cierto para los artesanos emancipados que yo estudiaba, lo es también para los trabajadores precarios e intermitentes de la actualidad que viven su tiempo fragmentado en el doble modo de la explotación sufrida y de la posibilidad de una cierta libertad en el seno de la explotación. Pero también lo era para los militantes obreros de ayer que podían vivir la explotación cotidiana porque ellos instalaban allí un cierto dominio del porvenir que era también un dominio de su presente. La emancipación es una manera de vivir la desigualdad según el modo de la igualdad. Persiste allí, irresoluta, una tensión fundamental. He intentado sacar a la luz su dinámica productiva contra todos aquellos que la encierran dentro del discurso fácil que denuncia la recuperación del deseo de emancipación en las redes de la dominación. El fondo de la cuestión es simple: se parte del presupuesto de la igualdad intelectual o del presupuesto de la desigualdad.



Nos interesa conocer la relevancia que otorgas en la actualidad a la idea de “emancipación intelectual”, ya esbozada en El Maestro Ignorante (donde la premisa es la igualdad de las inteligencias), pero también en El Desacuerdo (según el cual toda jerarquía en el habla es anti-política y la política se constituye, en cambio, como irrupción igualitaria que destruye la fijación de los lugares asignados por la estructura social). ¿Qué tipo de figuras colectivas son capaces hoy de encarnar la emancipación intelectual, en diálogo con aquellos proletarios del siglo XIX que pueblan tu libro? ¿Cómo imaginás que se desarrollan las noches proletarias en espacios económicos y sociales signados por la migración y la heterogeneidad cultural y lingüística?

Yo estaría muy contento si pudiera dar una respuesta a esta pregunta. No tengo "figuras" para proponer, sólo cuestiones a explorar. Creo que hay algo de ilusorio en la búsqueda de figuras-tipos de la liberación. Existen siempre a groso modo las mismas dos figuras-tipos: la figura de la ruptura radical, de aquel que no tiene nada que perder más que sus cadenas; y la figura del hombre nuevo que se halla preformado por las formas de innovación internas a la dinámica misma del mundo de la dominación. Se las encuentra todavía hoy en la tensión de quienes celebran la radicalidad de las revueltas de los jóvenes migrantes de las banlieues (periferias) cuando incendian los objetos y los edificios que simbolizan la opresión padecida, rechazando toda consigna política; y quienes describen al nuevo trabajador cognitivo como el hombre de la colectividad futura ya forjado por los desarrollos de la producción inmaterial. Creo que hay que partir de la idea de que la emancipación no es el producto del proceso normal de la dominación, ni un fenómeno que se desarrolla al extremo, al borde del precipicio. Es un fenómeno que se desarrolla en los espacios intersticiales: los espacios del tiempo dividido y los de las fronteras inciertas entre los modos de vida y las culturas. Desde este punto de vista me parece posible observar determinados fenómenos contemporáneos: en primer lugar existe el desarrollo de todas las formas de intervalo del trabajo; es decir, no solamente las formas intermitentes sino también las formas que oscilan entre autonomía y dependencia, entre el mundo del estudio y el del trabajo, el mundo del trabajo y el de la cultura. Pienso, por ejemplo, en la cantidad de personas que viven entre trabajo y desempleo, pero también entre formas completamente heterogéneas de empleo, en la cantidad de estudiantes que de hecho ya están involucrados en un mundo laboral donde hacen todo tipo de trabajos, desde el más intelectual al más material (sereno) o al más solitario (empleado de supermercado). Por otra parte existen fenómenos de inmigración, que siempre tendieron a verse como la llegada de los condenados de la tierra, cuando más bien constituyen formas de circulación entre experiencias y culturas donde los que vienen aportan saberes que se revelan generalmente más útiles para la lucha y la negociación que para trabajos que son frecuentemente inferiores a sus capacidades y a su estatuto de origen. También hay fenómenos de circulación de saberes y prácticas artísticas y culturales. No me fío del todo de los discursos sobre el "mestizaje cultural".

No obstante, lo que me parece importante es la disponibilidad considerable de formas de saber y de modos de expresión. Hay por todos lados, particularmente a través de Internet, medios de adquisición de los saberes y de comunicación de las experiencias: es decir, medios de apropiación de las capacidades intelectuales ofrecidas a la práctica autodidacta. Y bien, la autodidaxia permanece como elemento esencial de las "noches proletarias". Además, hay por todos lados capacidades artísticas, maneras de hacer arte, maneras de participar en las divergencias que eso instituye (bastante alejadas frecuentemente tanto de los proyectos de arte para el pueblo como de los programas de arte político.) En resumen, creo que existe una relación entre las formas de disponibilidad subjetiva y las posibilidades de aprender y de sentir de modo diferente, que es el suelo fértil para la emancipación (es decir: también un suelo fértil para las contradicciones de la emancipación).

Las mutaciones políticas, económicas y técnicas de las últimas décadas, ¿siguen dejando en un lugar central la división entre trabajo manual e intelectual? ¿Cómo afecta esta divergencia a la tensión política entre militancia emancipatoria y subjetividades del trabajo?

Cabe observar que la oposición manual/intelectual, como todas las categorías de la división de lo sensible, no coincide con la realidad material de la formas de trabajo. El problema no se plantea simplemente en términos de proceso de trabajo, sino en términos de posibilidades de subjetivación de una capacidad. Un trabajo hecho con las manos puede ser reconocido como intelectual y un trabajo de servicio ser tratado como trabajo manual, lo que significa trabajo sin inteligencia. El problema es si la competencia intelectual está siendo reconocida o no. Eso actúa en dos niveles: en el nivel del dominio concreto de los procesos de trabajo, y en la cuestión del reconocimiento o denegación de la competencia para ocuparse en la sociedad de algo más que el trabajo y la vida individual.

Entonces hay que desconfiar de las evidencias tramposas apoyadas en ciertas palabras como "cognitariado": no por estar delante de una computadora uno es tratado y se considera a sí mismo como partícipe de la inteligencia colectiva. Un obrero fabril del pasado, que participaba en las negociaciones y en formas de gestión colectivas, podía tener un estatuto intelectual mucho mejor asegurado. Las subjetividades individuales en el trabajo están siempre repartidas entre el ejercicio de la inteligencia y su denegación. Lo mismo es cierto a nivel de la subjetivación colectiva. Los trabajadores denominados "cognitarios" son advertidos a diario por quienes les mandan y por quienes les gobiernan, que su "intelectualidad" no alcanza para entender cómo la producción y la economía en general deben organizarse. Y ellos tienen que luchar siempre para imponer una inteligencia que es la de todos, contra el orden jerárquico que fija los límites dentro de los cuales

viernes, octubre 16, 2009

Nuevo libro de Tinta Limón: GAC. Pensamientos, prácticas, acciones (Grupo de Arte Callejero)

G A C. Pensamientos, prácticas, acciones

Grupo de Arte Callejero

Este libro es una mirada que hoy captura y da forma a una historia, y la impulsa hacia delante.

Hoy es indispensable reflexionar sobre lo que se hizo y dejar esto expresado en un soporte concreto, tangible, para que el conocimiento pueda ser capitalizado por otros/as.

No pretendemos elaborar un dogma o un modelo a seguir. Pero sí creemos que es necesario que cada nueva lucha utópica que despunte por ahí se pueda organizar sobre el conocimiento de las precedentes, aunque más no sea para refutarlas.

Desde esta perspectiva temporal reconocemos nuestra experiencia imbricada en una red de prácticas precedentes y posteriores, que se retroalimentan. Es por eso que los contenidos de este libro se basan más en saberes populares que en grandes teorías.

Las/os lectores tendrán la posibilidad de desmitificar al GAC, comprobando que no inventamos nada nuevo.

Sin duda no será este el libro más exhaustivo que se pueda escribir sobre el GAC, ni el más agudo y crítico, pero es el que quisimos escribir.


El GAC / GRUPO DE ARTE CALLEJERO se formó en 1997, a partir de la necesidad de crear un espacio donde lo artístico y lo político formen parte de un mismo mecanismo de producción. Es por eso que a la hora de definir nuestro trabajo se desdibujan los límites establecidos entre los conceptos de militancia y arte, y adquieran un valor mayor los mecanismos de confrontación real que están dados dentro de un contexto determinado.

Desde un comienzo decidimos buscar un espacio para comunicarnos visualmente que escapara al circuito tradicional de exhibición, tomando como eje la apropiación de espacios públicos.

La mayor parte de nuestro trabajo tiene un carácter anónimo, fomentamos la re apropiación de nuestras prácticas y sus metodologías por parte de grupos o individuos con intereses afines. Muchos de nuestros proyectos surgen y/o se desarrollan a partir de la construcción colectiva con otras agrupaciones o individuos, generando una dinámica de producción que está en permanente transformación debido al intercambio con las/os otras/os.


Epílogo

1

Al terminar de leer este libro tenemos la sensación de que las tres letras que forman GAC han sido completamente trastornadas. Cada una enloqueció por su cuenta y contagió a las otras, al punto de que sus componentes se desparraman en un estado convulso, de trance. Ahora, más que un nombre, esas tres letras son una fórmula mágica.

La idea misma de grupo se disfrazó, en estas páginas y en estos años, de tonos en primera persona que convivieron de manera promiscua con las más diversas acciones colectivas. El grupo es una operación concreta: necesita entrar en funcionamiento cada vez y no siempre lo hace del mismo modo. Se arma y se desarma de acuerdo a las discusiones que está dispuesto a asumir o según los viajes que se anima a emprender. El GAC no es un grupo sino un repertorio de formas operativas, que hacen de su plasticidad una puesta en escena a la vez barrial, detallada, intempestiva y colectiva.

Su pensamiento metodológico, como ellas se ocupan de exponer, implica un conjunto de procedimientos donde se reúnen materiales, estrategias y decisiones políticas en una misma voluntad de intervención. Y en este sentido el grupo no es más que el nombre de fantasía o la superficie de una “producción por movilidad”. El movimiento que buscan, detectan y co-producen es lo que pone en marcha cada intervención. Pero también la materia de pensamiento sobre la que planifican y reflexionan. Se mueven y producen sin ofrecer nada a nadie (no brinda servicios “artísticos”) y, simultáneamente, exponiéndose a todos (armando espacio público con otros/as).

De la noción misma de arte se han reído sin fin. Primero fue una treta: se valieron de ella para ser consideradas “inocuas”. Decir que hacían arte era la excusa perfecta para parecer inofensivas. Usaron el arte como se usa un pasaporte falso. Pero más tarde debieron estar alertas: el arte pasó a estar de moda si se lo adjetivaba como político. Entonces, la palabra arte fue una mancha de aceite que se derramaba, una sustancia pegajosa con efecto devastador: la banalización. De lo inocuo a lo banal, el grupo debió pensar y discutir un uso contra las varias ofertas de estrellato.

Hay una clave que se construye como criterio para la propia práctica: la del riesgo. ¿Qué significa una acción arriesgada? Por un lado, el riesgo del azar. Como una forma de escapar al puro cálculo efectista, para enriquecer la intervención con una dimensión nunca del todo planificada. El riesgo de una apertura a lo que acontezca. Y ese riesgo sólo se corre de un modo: estando en la calle.

La calle obliga a imaginar relaciones secretas entre señales viales adulteradas y vecinos que transitan despreocupadamente, cuando son asaltados por una memoria nueva del presente. También permite trazar vínculos arbitrarios: entre soldaditos que caen de las azoteas y un presidente que se escapa por los techos. Y opera entrecruzamientos cargados de violencia: entre falsos funcionarios de inexistentes organismos de control, los desocupados que encarnan la protesta y artistas que exponen en museos.

Si en algún momento, el GAC dijo sentirse suspendido en un “limbo de lenguajes”, sin saber de cuál agarrarse, nosotros arriesgamos la hipótesis de que finalmente han conseguido enloquecer todos los lenguajes que se les ofrecieron. Y ahora sus innovaciones andan sueltas, como marcas virtuales y reales de la ciudad. La estela de la intervención queda estampada en una placa de homenaje hecha con fibrocemento o pegoteada en una plaza que se resiste a las huellas. O en la inmaterialidad del recuerdo de un barrio que terminó expulsando al genocida con el que convivía y que ha dejado señalizada la condena a la impunidad.

2.

¿Qué cosa es un colectivo? ¿Qué sucede cuando la acción pública, o mejor, común (ya que siendo “para todos”, no se ofrece a la administración del estado) se desarrolla precisamente, a partir de colectivos?

Primero vino la llamada crisis de representación, modo ampuloso o académico de nombrar el abandono de una cierta relación con las que, se suponía, eran instituciones “naturales” para procesar nuestro malestar: los partidos, los sindicatos, los museos, el estado. Luego apareció la posibilidad de ceñirnos a las carreras personales, mientras la acción colectiva era orientada hacia las ONGs y los voluntariados de la sociedad civil. Finalmente sobrevino la codificación mediática y la privatización de los estados de ánimos. Pero, ¿qué pasó con la política, es decir con el tratamiento conjunto de estos malestares?

Durante un tiempo hemos hablado de “movimientos sociales” o, más preciso aún, de “nuevos protagonismos sociales”. Algo fugaces tal vez, pero tan efectivos durante la crisis y en la movilización, como agudos a la hora de desplegar terrenos de crítica y problematización. Hemos puesto especial énfasis en interpretar esos nuevos actores como sitios de elaboración de inéditas racionalidades. Quizás sea tiempo de hablar de lo colectivo como aquello que desborda el presente de los colectivos, para abrir el horizonte de sus posibilidades.

¿Qué decir de este ahora y este aquí desde el que hablamos? Para empezar, hay que dar cuenta de cómo el espacio común de los movimientos ha sido fragmentado-subordinado. No es este un asunto fácil de tratar, aún si siempre hemos descreído de la unidad como fundamento del protagonismo político. De hecho, hemos vivido con alegría el carácter plural (en lo organizativo, en los estilos, en las perspectivas) con que emergieron las iniciativas sociales a partir de mediados de los años noventa. Polemizamos cuanto pudimos contra la idea de homogeneizar estas expresiones, a partir de una concepción hegemónica de la acción concertada. Y sostuvimos que en la multiplicidad había fuerzas y lucidez suficientes como para que el trabajo de coordinación se pareciera a un cotejo de riquezas, capaz de síntesis parciales, al calor de un mismo poder destituyente. Hemos sido testigos de hasta qué punto esa multiplicidad producía un espacio político nuevo, habilitando prácticas y puntos de vistas que al circular en tanto singularidades alimentaron de manera compleja al conjunto. Cuando hablamos, ahora, de fragmentación subordinada ya no nos referimos a tal o cual movimiento sino al debilitamiento que sufrió aquella dinámica de politización.

No se trata de repetirnos una vez más, y de volver a hablar de lo mismo, con ese tono de balance que nunca logra hacer una diferencia. Esta vez nos hacemos una pregunta concreta: ¿qué pasa con los “colectivos”, o más precisamente con lo colectivo como instancia de politización y que, contra todo pronóstico, no sólo no ha desaparecido sino que, además, sigue elaborando las coordenadas de una nueva vitalidad de lo común?

Claro que no todo es interesante en los colectivos. Resulta particularmente aburrido y hartante esa carga de grupalismo que no está puesto al servicio de lo propiamente común. Según nuestra experiencia no siempre el grupo es espacio para lo colectivo, especialmente cuando sedimenta como una coordinación de personas ya hechas, con opiniones y sentimientos definidos, con identidades estables.

Pero lo colectivo que aquí estamos nombrando, inspirados por las imágenes que este libro nos devuelve elaboradas, es temporalización, testimonio y registro; fundamento trans-individual que sostiene las voces y los cuerpos, en su esfuerzo por agrupar fuerzas, para ir más allá de lo que somos o fuimos. Lo colectivo existe en la capacidad de inventarse funciones que se despliegan de manera autodeterminada. ¿Qué es esta autodeterminación que siendo libre no es caprichosa, porque supone una convergencia de deseos, una puesta en movimiento de lo social? ¿Qué es lo colectivo cuando no se conforma con la unidad y el consenso, porque prefiere seguir de cerca el intuir laborioso de una energía social que siempre está desplazándose? ¿Cómo obviar hoy esta dimensión de lo colectivo, cuando los relatos vuelven a entrar en disputa y nuevamente se entreabre la necesidad de inventar formas expresivas, ahora abrumados por la complejidad y la caotización semiótica?

Mucho se ha reprochado a los colectivos el carecer de una perspectiva política para institucionalizar la creatividad social. En el momento actual, cuando la tentativa de restablecer el sistema de partidos y el juego de la representación coloca a los movimientos como instancia subordinada y menor (pura portación de demandas), la experiencia del GAC nos recuerda hasta qué punto la profundización del proceso político requiere el relanzamiento de una auténtica democracia de colectivos.

3.

Durante el proceso de construcción de esta publicación fuimos percibiendo con más o menos nitidez la motivación y el sentido que la anima. La primera vez que las amigas del GAC nos hablaron de su idea de libro, sentimos la dificultad que implicaba: “no queremos el registro aséptico de los catálogos artísticos; ni la biografía de un grupo exitoso, con su inevitable tono póstumo; ni el recuento de una hermosa historia de la juventud perdida”.

Hay una “memoria de la potencia” construida a partir de lo vivido en la Argentina de los últimos años, que resiste ser convertida en un pseudónimo más del poder. No se trata de una memoria cándida o inocente, en el sentido de un mero recuerdo. Al mismo tiempo es preciso escapar de toda consagración, por justiciera y bienintencionada que resulte, porque todo intento de ofrecer una herencia a los que vendrán no hace más que reponer el juego de jerarquías generacionales, al instituir nuevos panteones que deberán reverenciados. Lo que nos interesa es el perdurar de ciertas intensidades sensoriales, como un eco que insiste aunque cueste distinguir su sentido, pero que es hábil a la hora de cuestionar el cierre de la experimentación en nombre de la normalidad. Si algo nos recuerda esta persistencia, aunque no ofrezca certezas ni provea señalizaciones claras, es hasta qué punto el mundo es un infinito de percepciones, esencialmente incompleto, eternamente inquietante, donde siempre es posible recomenzar la búsqueda sin necesidad de retroceder, y menos aun en procura de justificaciones.

Es cierto que no resulta sencillo sintonizar esta temporalidad en un cotidiano hecho de inseguridades y patologías, en el que se difunden el pánico y los más variados síntomas de stress, y en el que sólo atinamos a atemperar el tormento con terapias o consumo. Cuando la dimensión colectiva del padecimiento queda anulada, psicologizada o espectacularizada por la difusión del semio-capitalismo, se nos vuelve tarea no acomodarnos en esa tierra de ansiedades y “tiempos de trabajo”. Hay que inventar procedimientos que coloquen en el centro la capacidad contra-performativa de hacer cosas con palabras y con imágenes, para vomitar ese mundo amenazante que la ideología de la inseguridad quiere que introyectemos y para, un paso más, exteriorizar las fabulaciones que nuestras existencias frágiles contienen.

Trabajar con signos, revertir sus relaciones, alterar sus sentidos, es justamente lo que el GAC no ha dejado de enseñarnos en estos años y que hoy constituye una función imprescindible, desde que la totalización abyecta de la mercancía-espectáculo nos configura el horizonte mental y nos sirve de “segunda naturaleza”. Pero la contra-performatividad no es tarea de un grupo, sino función política difusa; construcción de una afectividad disidente que se entreteje más acá de las distinciones entre “arte y política”, en ese lugar común donde hacer es decir, mostrar, incitar, huir, descodificar, elaborar, instituir y dramatizar la existencia colectiva.

Colectivo Situaciones

Buenos Aires, febrero de 2009